Desmantelar el trabajo: Por una crítica de la rutina y su historia – Ricardo Campillo

No es posible hacer crítica del trabajo sin que de una u otra manera la confrontemos con otra cosa, con una actividad o una forma de hacer que vaya directamente en choque contra esta, o mejor, como diría Holloway (2011), “el hacer contra el trabajo”.

Cuando hablamos de trabajar hablamos de confrontarnos en el tiempo, no el tiempo que transcurre, sino en el tiempo del reloj, ese tiempo que pasa repetido una y otra vez como una constante, el cual no distingue cualidades solo cantidades, o sea el tiempo del capital. Abolir el trabajo no se iniciará con una ruptura vaga de quitarle lo tedioso, o simplemente que éste sea bien retribuido para poder recuperar la vida que se perdió dentro de ella, abolir el trabajo será “hacer”, hacer otra cosa que no sea trabajo.

Sabemos que hoy hacemos, hacemos relojes, pasteles, ropa, actividades deportivas, programas y una amplia gama de variedad para ganarnos la vida, sin embargo, hacemos en la temporalidad del capital, hacemos de todo, no para la plena satisfacción del hacer, sino para reducirnos y adentrarnos en el desplazamiento del dinero. “Podremos vender nuestras horas de vida por dinero, pero no podemos volver a comprarlas con los salarios que recibimos” (s.a., 2016: p.182). El hacer que hacemos (válgame la redundancia) es el hacer para reproducir el valor, trabajamos reproduciendo el capitalismo y la mayoría de las veces, lo único que queremos cuando trabajamos, es solo trabajar para “nosotros mismos”, para ser felices, sin embargo, recibimos un duro golpe de pecho cuando nuestras actividades -si es que tenemos el privilegio de trabajar en algo “digno”, y no un Bullshit Job (Graeber, 2019)- terminan siendo tediosas, aburridas, lúgubres, etc. Y esto no es consecuencia del hacer, sino del hacer dentro del trabajo.

Hacemos cuando creamos relaciones con los otros/as, cuando miramos una actividad por el tú, el yo, el nosotros/as o el ellos/as. Cuando salimos a la calle a resolver problemáticas sociales, cuando interactuamos en comunidad, cuando grupos de mujeres como “las morras luchadoras”[i] quieren parar las desapariciones, cuando los yaquis defienden sus tierras, cuando los periodistas se rehúsan a dar notas falsas, cuando los barrios se organizan para discutir algún problema, etc. Trabajamos cuando nos levantamos a la misma hora, hacemos lo mismo en determinado tiempo, abandonamos nuestros/as hijos/as, recibimos dinero por nuestras cualidades, si es que estas se tienen en cuenta, hacemos cosas que no tienen ningún sentido la mayoría de las veces, trabajamos cuando repetimos, repetimos y repetimos. “La rebelión del hacer en contra del trabajo es la rebelión de una forma de actividad que elegimos, contra otra forma de actividad que rechazamos” (Holloway, 2011, p.95).

Arremeter contra el trabajo, después de haber intentado dar una explicación lo más clara posible, no es solo dar una opinión personal, sino también, es no perder de vista el proceso histórico que se desarrolló para implementarse. Se sabe bien, que la introducción del trabajo significó normalmente la eliminación de poblaciones enteras (Holloway, 2011: p. 116)[ii], como es conocido con los Yámana, un pueblo originario de la tierra del fuego en Argentina que había vivido durante diez mil años pescando y cazando. No fue hasta que los europeos llegaron esclavizándolos y convirtiéndolos en trabajadores cuando se terminó con este pueblo tradicional. Los yámanas después de haber sido supeditados a la vida europea como esclavos, fueron condicionados al trabajo, pero se pudo observar que, a pesar de trabajar con gran intensidad en las actividades que les son encomendadas, estos no pueden mantener una larga duración dentro de una actividad desmoralizadora. Después de un trabajo intenso, normalmente se tiran por ahí a descansar, sin tener signos de fatiga y sin saber el tiempo que ellos consideran necesario para aliviarse del mal. Por disposición cultural, o por su forma de rebelarse al trabajo, los yámanas dejarán de trabajar, es por eso que se les considera como “no buenos” para el trabajo, una negación contra este mismo.

Lo que pasaron los Yámanas es lo que Marx llama el “desgarramiento metabólico”[iii], al igual que el antiguo campesinado, quienes estaban conectados con sus tierras, sus haceres y no haceres. Un día cualquiera, pasan de un tipo de relación con la naturaleza, a ser despojados de todos los frutos que entre ellos y el medio reconocen, se les obliga de una a otra manera separarse de ese hilo de dependencia, se les obliga ahora a trabajar por lo que ya hacían, su tiempo en el hacer quedó subsumido en el hacer dentro del trabajo, lo mismo, pero con un abismo de separación, de su yo y la tierra, se alejaron drásticamente, pasaron a ser su yo y la tierra separada por el dinero.

Un día u otro dejaremos de trabajar y mejor aún, dejaremos de aceptar que nos pongan a trabajar. Siempre he pensado que el proceso con el cual se nos ha inculcado la rígida teoría y acción del trabajo fue bien planificado, por supuesto que no expreso infantilmente que fue producto de un individuo con manos de un dios organizador, pero si de una relación social muy bien definida. ¿Cómo explicas a un niño que un día hacías para tener o satisfacerte y ahora trabajas para gastar en lo que posiblemente no te alcanza o no necesitas? Es lógico que esta perspectiva ha tenido siglos de maduración, siglos, pero no una eternidad. La idea del trabajo se ha introducido tan adentro, sino ¿Cómo sería posible que preferimos soñar con un trabajo estable, ético o bueno en vez de dejar de trabajar?

Opino personalmente, que la idea de mejorar el trabajo solo será la perpetuación de la misma forma de vivir y no el cambio que todos/as buscamos, pero a pesar de esto, es más fácil visualizar las mejores formas del trabajo que abolirlo. Lo mismo que se menciona sobre el capitalismo, es aquello que puede repetirse en una de sus categorías, la gente prefiere seguir trabajando destruyéndose a sí mismos que destruir el trabajo. Erradicar algo hoy en día es tan difícil que preferimos reformar que destruir, cambiar todo para que no cambie nada, es como ver, que el mundo se destruye bajo nuestros pies, pero preferimos subirnos arriba de un templete para salvarnos de una caída sin salvación, igual pasa con la economía, que a pesar de su autodestrucción nos esmeramos en mantenerla.

Y así, abandonar todo aquello con lo cual nos casamos sin saber por qué, será una tarea difícil. Será difícil dentro de esta sociedad ya construida para trabajar, posiblemente no haremos las cosas tan puras como pensamos, a lo mejor una parte del trabajo concreto arremeterá contra el trabajo abstracto y este se liberará hacia un “hacer” fuera del capital. Esto sin duda se ha estado realizando a través de la historia, la mayoría de las veces no han tenido una teoría como la abolición del trabajo, pero sin duda, muchos compañeros/as han buscado encaramarse a otra forma de vivir. A pesar de que muchas de las luchas del siglo XIX y XX no criticaron el rol del trabajo, esto no quita importancia a su lucha y lo que nos dejaron para poder criticar. El hacer fuera del rol del trabajo será una teoría crítica y una lucha revolucionaria en conjunto.

De la lucha por el trabajo a las revueltas contra el trabajo

“Una historia de la resistencia al trabajo puede contribuir a crear una nueva visión de la clase trabajadora” (Seidman, 2014, p.24)[iv]. La revisión histórica de las actividades obreras que acontecieron en los procesos de los frentes populares (1936-38) en Barcelona como en París, por lo regular, se vieron sometidas a un tipo de análisis por la “liberación del trabajo”, esto por motivo del dominio teórico de los partidos y sindicatos que estuvieron involucrados en el proceso de la revuelta, sin embargo, como tensión en conflicto y no resuelta, existe una historia muy distinta, que pone de cabeza la normalidad con la que se vieron las revueltas en las fábricas.

Aunque la lucha revolucionaria de los treintas, tuvo una significación importante y una aportación histórica tremenda, no podemos dejar de hacer un análisis crítico de sus limitantes. Fue una lucha del pasado que no se debe repetir, y es que tanto la CNT[v] y UGT[vi] en España como la CGT[vii] en Francia, no pudieron controlar que los obreros respingaran de los medios de producción. “En París, los sindicatos tendieron a asistir a los trabajadores en su rechazo del trabajo. Fue en Barcelona, donde los sindicatos tuvieron el éxito de motivar a los trabajadores a trabajar” (Seidman, 2014: p.31). Aun así, ni Barcelona pudo controlar la indisciplina de los/as trabajadores/as, ni Francia pudo evitar que los acuerdos con las direcciones de empresas y los patrones fueran respetados, aun estando decretados por la Ley.

Evitar el trabajo, como es común aun con tecnología contemporánea, no es solo un rechazo del ahora, sino que ha existido tanto en los gobiernos de izquierda como de derecha, bajo la influencia socialista, marxista o anarquista, como enclaves históricos. Y es que, aunque se pretendía liberar a los/as trabajadores/as de las garras del patrón, terminaron sometidos a la tecnología, la productividad y a la racionalización económica. “La revolución no acabó ni con los salarios más bajos que recibían las mujeres ni con la tradicional división sexual del trabajo” (Seidman, 2014: p.208).

“Entrar temprano, salir tarde, no asistir y disminuir el ritmo de la producción” (Seidman, 2014 p.381), era algo común en muchas de las fábricas parisinas bajo el dominio del frente popular. De hecho, aquellas empresas que obligaban a los trabajadores a extender sus turnos de trabajo o a acelerar la intensidad de la producción, representaban una imagen correlacionada al fascismo. Los obreros/as parisinos aprovechando el mandato del frente, realizaban exigencias para defenderse contra los ritmos del trabajo, adoptando posturas que hicieron que muchos obreros demandaran a sus capataces por exigirles trabajar demasiado. Cualquier despido de algún/a compañero/a de trabajo, era mandar a todas/os a la huelga general, exigiendo su regreso inmediato. Muchos/as de los obreros/as se mostraron antipáticos/as, frente a trabajar más de 8 horas, defendieron que los sábados y domingos debían de respetarse como festivos, en algunas situaciones empresas que demandaban mayor trabajo e intensidad eran rechazadas, al momento de cumplir con sus 8 horas, estos se separaban de sus lugares de trabajo. Las/os mismos/as trabajadoras/es tenían sus encontronazos con los capataces, la indisciplina reinaba, haciendo que algunos trajeran hasta armas blanca al trabajo. En una situación un obrero apuñaló a un capataz.

En la industria aeronáutica, que era una de las más privilegiadas, donde los trabajadores/as cualificados/as tenían horarios de trabajo flexibles, buenas instalaciones y sueldos muy jugosos, no hacían que los trabajadores se sometieran a la individualidad y abandonaran a sus compañeros de otras fábricas, al igual se lanzaban a la lucha, exigían mejores horarios y rechazaban trabajar los días festivos. Los capataces y directivos, al ver la falta de autoridad que habían tenido, decidieron lanzarse a los brazos de los partidos de ultra-derecha y fascistas. Los mismos delegados sindicados, al ver la baja productividad de los trabajadores, en acuerdo con algunas direcciones, decidieron motivar a trabajar con más esmero a los trabajadores, pero timoratos de que estos rechazaran (que así lo hicieron) sus ofertas, no pudieron encontrar esa intensa autoridad. Inclusive Léon Blum se quejó de la baja productividad que existía, ya que uno de sus eventos, la “féte du travail” que era la exposición de éxito de toda la orden socialista en contra de las críticas de derecha, no pudo ser realizado a tiempo.

Al parecer, todas estas amenazas no sirvieron de mucho, así pues, la crítica socialista, conforme a la apatía de la productividad, fue dirigida contra las direcciones de fábrica, la ultra-derecha y contra el fascismo. Bajo la acusación, de ejecutar un complot contra ellos/as que afectó sus determinaciones, pero esto no tenía una argumentación válida.

Es bien sabido, que las influencias ideológicas del marxismo y el anarquismo tuvieron algunos éxitos importantes, como la reducción de las horas de trabajo y los salarios dignos, que no perduraron mucho, pero que mantenían en pie el respeto a los medios de producción y que seguían viendo al obrero como la gran reivindicación productivista. El taylorismo, diseñado por la alta burguesía no sufrió un rechazo rotundo por parte del anarcosindicalismo y el comunismo, ya que este llevaba sin más a la supresión de la lucha de clases, no a la abolición de las clases, sino a la total comunicación, sin fricciones, entre la clase burguesa y la trabajadora bajo el dominio del desarrollo económico. Incluso Joan Peiró, líder anarquista y ministro de industria de la segunda república aspiraba a una economía nacional unificada (Seidman, 2014: p.165) y personajes como Abad de Santillan, que en un principio rechazaban el sindicalismo, terminaron siendo, los más grandes defensores y representante de este.

“La exposición sociológica que caracterizaba al anarcosindicalismo como un movimiento hostil a la industria, falsea la naturaleza de esta ideología y tergiversa la acción obrera catalana” (Siedman, 2014, p.68). Mientras la FAI[viii] proclamaba el comunismo libertario en Llobegrat y de cordones en 1932 (Siedman, 2014: p.105), en Cataluña en 1933 (Siedman, 2014: p.107), la CNT, donde veían el anarcosindicalismo como medio en 1910, en el III congreso pasó a convertirse en una organización insuperable (Siedman, 2014: p.522). Así que los medios terminaron como fines, la abolición de las clases se relajó como una conciliación entre clases y la revuelta obrera contra el trabajo se difumino en la reforma del trabajo. Del marxismo sólo se puede decir que siguió manteniendo la postura de la formación de un Estado Obrero y “revolucionario” y, que la lucha era lo que autores como Postone (2001)[ix] clasifican como un “marxismo tradicional”, un marxismo crítico desde el trabajo y no contra el trabajo.

La crítica del trabajo se asocia a la crítica del sindicalismo, pues entre más radical y revolucionario se torne este, siempre será sobre las reglas del salario y el tiempo. Mientras en la primera mitad del siglo XX no se tenía una noción clara de rechazar en su totalidad el trabajo, con sus excepciones, los defensores de su inmortalidad, los sindicatos, la verdadera ruptura se pone de relieve con los precursores de las irrupciones del 68, umbral histórico en el que resuena con más potencia el rechazo a estos órganos:

“los sindicatos son el motor de la integración de la clase obrera en el viejo mundo. Son la estructura del fracaso del proyecto revolucionario… preconizamos la superación de los sindicatos por la generalización del sabotaje.”

(Dólares-Realidad en Amorós, 2019: p. 98).

 La revuelta contra el trabajo sería también la revuelta contra los sindicatos. De esto nace una posición más radical de los seguidores de la anarquía. “El anarquismo ha muerto ¡¡VIVA LA ANARQUÍA!!” (Ménilamontant en Amorós, 2019: p. 110).

El tiempo trabajo es el tiempo abstracto

El tiempo, el tiempo del reloj, el tiempo marcado por una serie de instantes, mecanizados y diametralmente bien definidos es lo que Postone (2006) llamará el tiempo abstracto. Cuando hablamos de tiempo, es difícil imaginarlo sin relacionarlo con las manecillas del reloj. Este tipo de tiempo viciado y que está fuera de la vida de las acciones y relaciones sociales es un tiempo histórico, o sea, un proceso determinado que ha surgido por la necesidad social de la producción de mercancías. Así como el trabajo, es necesario categorizar el tiempo como concreto y abstracto, como dos procesos históricos que fueron problematizando y desechando uno al otro. El tiempo concreto[x] es aquel tiempo que está relacionado con los acontecimientos y no fuera de ellos, que nace de las acciones y no fuera de las acciones, como ver el amanecer o el anochecer,  ese tiempo que es variable y no se determina con la exactitud del reloj y que puede cambiar según las circunstancias, este tiempo es el tiempo del hacer o el no hacer, es el tiempo no medido e irregular que varía y cambia, y que tiene muchas experiencias dentro de sí. El tiempo abstracto como se recalca, es aquella necesidad de enmarcar el tiempo en horas constantes, invariables e independientes de las acciones humanas, “tiempo uniforme, continuo, homogéneo y vacío” (Postone, 2006: p.169). Con la necesidad de medir el tiempo con exactitud como algo constante y repetitivo, es como nace la necesidad de controlar la vida en segundos, horas o minutos, donde la vida no puede ser vivida sino reglamentariamente medida.

 “Las concepciones del tiempo como una variable independiente, ordenándose los fenómenos en función del mismo, se ha desarrollado solo en Europa Occidental” (Needham citado en Postone, 2006). Para el mundo del tiempo abstracto que nace en la etapa pre-capitalista del siglo XV-XVII es un mundo desconocido para la Europa medieval y la antigua Grecia, quienes no se medían con horas constantes específicas (Postone, 2006: p.169). La necesidad de medir en horas, define la primera fase de la transformación del tiempo concreto al tiempo abstracto y el reloj mecánico, este último, más que ser un medio tecnológico por sí solo, fue una consecuencia de organización social y cultural. La civilización China, que mantenía un desarrollo tecnológico más avanzado que el de la Europa medieval y que había medido el día en 12 horas dobles, y que construyó la Torre-reloj que funcionaba con agua, siendo de los inventos más sofisticados en relojería, no parecía que este tipo de avances tuviera una importancia para la organización de la vida social (Postone, 2006: p.171). “La vida en el campo y en la ciudad, estaba regulada por la rueda diurna de los acontecimientos naturales y la idea de la productividad, en el sentido de la producción por unidad de tiempo, era desconocida” (Landes citando a Postone, 2006: p.171).

Aquí es donde necesitamos retomar “los tres tiempos” de Rosalita (Tischler, 2010, p.41)[xi] el tiempo exacto o la hora exacta, que es el tiempo del comercio y el cual todos nosotros estamos dominados por este, desde nuestro despertar que no es al amanecer, si no a la hora que indique el reloj, de ir a trabajar, a comer y hasta una hora exacta para dormir, este es el tiempo de la mercancía, es el tiempo del trabajo. El otro tiempo tiene que ver con la comunidad y su relación con la naturaleza, del respeto entre ambas y está fuera-y-en-contra del tiempo exacto, es la hora de estar en el presente siendo presente y es la hora justa. “pero además nosotros los zapatistas tenemos la hora necesaria, el tiempo necesario, que es el tiempo de la revolución. Aquí vivimos esos tiempos. Esa es la autonomía que vivimos y luchamos” (Tischler, 2010, p. 42). Más allá de solo la clasificación de los tiempos y las horas, los/as zapatistas nos dan el tiempo de rebeldía, contrapuesto a la temporalidad abstracta del dominio de la vida y dominado por el capital, un tiempo sin dominio y de comunidad con una lucha del hacer.

“la gente urbana y subordinada a la temporalidad abstracta que representa el transcurrir mecánico de las horas del reloj. Horas éstas sin personas, sin comunidad, sin sujeto. O más bien, horas que niegan a las personas, la comunidad y el sujeto, y que constituyen la forma dominante del tiempo en esta sociedad capitalista”

(Tischler, 2010, p. 44).

Hablar de tiempo, abstracto o concreto, del mercado o de la comunidad, tiende a darnos una visión más clara de cómo el “hacer” es doblemente sometido por el trabajo como categoría capital y por el tiempo abstracto como una forma de organización social sometida al productivismo capital. El trabajo es someterse al tiempo abstracto, el trabajo es el tiempo fuera de la comunidad y fuera de la comunidad está el tiempo del trabajo. Criticar el trabajo es criticar el tiempo abstracto. Aquí, la importancia de dar una conceptualización y categorización de la historia del tiempo es donde podemos negar la ontología del tiempo del mercado, o sea, el tiempo occidental.

La hora de dar  un “salto del tigre al pasado”, como diría Walter Benjamin, es indispensable. Un salto hacia atrás, donde se rompa con el continuum abstracto y se cree una constelación entre las luchas revolucionarias del ayer con las luchas revolucionarias del ahora, no para revivirlas tal cual fueron, sino para abordar la línea directa entre el ayer y el ahora. Romper con la abstracción del tiempo para que no exista la división del pasado y presente, y que se reconozca la interconexión entre los tiempos que se vivieron y los que se viven, tal como dice Benjamin crear el “tiempo del ahora” (Tischler cita a Benjamin, 2010, p.70), un tiempo de lucha de clase o la “clase oprimida, cuando combate” (Tischler citando a Benjamin, p.67). Pensar “a contrapelo” produciendo un conocimiento que rompe con ese tiempo, y más que romper “pensar la abolición del tiempo como forma objetivada de dominación” (Tischler, 2010, p.66). Más allá de examinar el campo histórico del tiempo abstracto como lo hace Postone, está en ver los tiempos llenos de vida que disuelven y rompen con las temporalidades de dominio tal como la hacen los y las zapatistas, y, como lo teoriza Benjamin con su “imagen dialéctica” en la cual hace una “lucha por el pasado oprimido” (Tischler cita a Benjamin, 2010, p.70) una lucha por la historia de los vencidos, o sea, empezar a ver y hacer otra historia fuera de las abstracciones del trabajo y del tiempo. 

A la mierda el trabajo

No cabe duda que una distinción de la modernidad es que el trabajo es la medida universal que da valor al sujeto por el solo hecho de trabajar. Existen las clasificaciones sociales por medio del trabajo, el ingeniero de un lado y el albañil del otro, la licenciada de un lado y la ama de casa del otro, sin embargo, existe una categoría que los manda hasta el último lugar de la tabla, o, mejor dicho, fuera de la lista negra de trabajadores, quienes son los no-trabajadores, más específicamente los desempleados o el “exceso de población” (Polanyi, 2018, p.159). Según Bauman (2015, p. 23), el prefijo “des” de desempleo, es una anomalía temporal y anormal. Según la real academia española denota negación o inversión del significado de la palabra antepuesta. Pero la interpretación clara de las sociedades construidas y nacidas para el trabajo, es que estar desempleado, es no estar incluido. Así como el desconocido y el inmigrante, la desempleada produce dentro de la sociedad del trabajo una cierta repulsión, en algunos buenos casos, un poco de lástima. El desempleo, el no-trabajo, podría considerarse algo pasajero, pero, una gran parte de ellos/as serán arrojados al ejercito de reserva, si es que hay la oportunidad en el mercado de regresar, en cambio, otros dirigirán su vida a la vida del desperdicio, de los desechos, aquellas que no son requeridos para venderse. No por nada el número de jóvenes que padecen depresión ha ido en aumento debido a la experiencia al desempleo según John Carvel (Bauman, 2015, p.21).

“El trabajo es un valor moral en sí mismo y de que todo aquel que no esté dispuesto a someterse algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de sus horas de vigilia, no merece nada” (Graeber, 2019, p.). El trabajo es una categoría rigurosa, si estas fuera, estás apartado de las reglas, eres un extraño, un separado, un nadie. Estar dentro significaría ser parte de ese gran montaje que es el trabajo, si bien nos va, podríamos estar realizando una actividad sometida al trabajo que nos agrade, que tenga algo de valor para el individuo como aquellas personas que se realizan dentro de ella y es por eso que aman tanto su trabajo, pero estos trabajos son limitados, no hay cupo para todos, sino ¿quién se encargará de todos aquellos trabajos que nosotros no podemos o no queremos hacer por nosotros mismos? Me imagino, especulando en mi ciudad, que por cada trabajador que se siente realizado hay dos que no lo están y que muchos terminarán haciendo trabajos de mierda.

Un trabajo de mierda, para Graeber, es aquella actividad de trabajo que no aporta nada a las demás personas, pero tampoco te aporta nada a ti, en función de que no te sientes realizado dentro de ella, tanto la parte personal como social están claramente deterioradas, pero, aun así, existe una resistencia propia en aceptar que ese trabajo es un trabajo de mierda, te reúsas a creerlo, jamás los dirías en público o frente a tus jefes.. En Gran Bretaña el 37% de las personas sienten que hacen un trabajo de mierda al igual que el 40% que los/as Holandeses/as (Graeber, 2019, p.21), más las que se resisten en aceptar su trabajo de mierda. No será la tarea de este trabajo ver cuanta gente vive haciendo trabajos de mierda en México al igual que Graeber, pero este término de mierda ha de ser común en todas aquellas personas que se han sometido al trabajo, claro, hablo solamente de la clase trabajadora. Cuando pienso en un trabajo de mierda rápidamente me imagino aquellos trabajos donde estas todo el día asando papas, contestando el teléfono de otros, amarrando un cable, acomodando sabanas, en reuniones absurdas, en un elevador picando botones, obligando a los demás a trabajar, alabando una empresa, etc. Miles de trabajos de mierda se hicieron solo para constituir que se tiene que trabajar siempre, de lo que sea y donde sea, como un sacrificio humano sin ninguna dirección. También pienso en cuantas actividades que realmente tienen una función se vuelven tan tediosas y horribles por los horarios excesivos, entrar temprano, salen tarde y terminan siendo hombres y mujeres sometidos al trabajo, donde en inicio tenían una actividad creadora y terminaron siendo esclavos del trabajo, el trabajo tautotélico es lo que desprende el olor a mierda.

“La peor tortura que se puede diseñar sería obligar a alguien a efectuar a perpetuidad una tarea claramente inútil” (Dotoievski por Graeber, 2019, p.45). Repetir una y otra vez la misma operación por toda tu vida te deja claro que tu vida no vale mucho y que la operación que estas realizando te sobrepasa, aparte que mantenerte atado a una serie de movimientos y actividades cronometradas no te visualiza un paisaje de libertad, más bien te mostrará un paisaje tipo Auschwitz. Enfatizar que existen los trabajos de mierda, no aclara que todo trabajo es una mierda, se enfoca solo en aquellos que acaban con tu vida, si es que puede llamársele vida cuando estas dentro de estos, pero claro es, que mientras unos disfrutan su trabajo otros se deterioran, pero ambos mantienen una sociedad destinada a trabajar, o más bien una sociedad del trabajo, donde no hay cabida para otras cosas como el hacer, el disfrutar, la pereza, etc. No hay mayor molestia dirigida hoy en día hacia aquellas que se dedican al juego y al disfrute, jugar y disfrutar es bueno, pero tiene tiempo limitado.

Si disfrutamos tanto los días en los que no se trabaja ¿Por qué no diseñar una vida sin trabajo? Claro, esto no será tan fácil como la cuestión hecha, pero entre más trabajamos nuestra vida se hace una mierda, sin darnos cuenta, que la mierda es el trabajo. Para dejar de trabajar habrá que derrumbar los trabajos, habrá que dejar de ser trabajadores, habrá que empezar a ser “hacedores” de nuestra vida.

BIBLIOGRAFÍAS

Amorós, Miguel (2019). Los situacionistas y la anarquía. México: Grietas editores.

Bauman, Zygmunt (2015) Vidas desperdiciadas. La Modernidad y sus parias. Editorial Paidós.

Graeber, David (2019). Trabajos de mierda. Colombia: Bolívar impresores S.A.S. Primera edición (2018). Editorial planeta.

Holloway, John (2011). Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo. Argentina: Ediciones herramienta.

Polanyi, Karl (2018) De la gran transformación a la gran financiarización. México: Fondo de Cultura Económica.

Ponston, Moishe (2006). Tiempo, trabajo y dominación social. Madrid: editorial Marcial poins.

Seidman, Michael (2014). Los obreros contra el trabajo. España: Pepitas de calabaza ed.

Tischler, Sergio (2013). Revolución y destotalización. México: Grietas.

s.a. (2016). Work, capitalism, economics, resistance. Barcelona: aldarul edicions.


[i] Grupo de mujeres el cual se ha estado organizando en Ciudad Obregón, Sonora, México (2020) para exigir justicia por las compañeras violentadas y desaparecidas.

[ii] Holloway (2011, p.116) cita a López donde se encuentra una breve explicación de lo sucedida con los Yámana.

[iii] Holloway (2011, p.139) cita a Foster quien expresa de una manera más explícita lo que la traducción de Marx da como “desgarramiento metabólico”,

[iv] Los obreros contra el trabajo (Seidman, 2014). Tendrá una gran relevancia en esta parte del texto, para una mayor comprensión recurrir al libro de la editorial Pepitas de Calabaza.

[v] Confederación Nacional del Trabajo, con una influencia anarquista predominante en esos tiempos.

[vi] Unión General de Trabajadores de inclinación socialista-Marxista.

[vii] Confederación General del Trabajo, unía varias corrientes del sindicalismo revolucionario.

[viii] Federación Anarquista Ibérica.

[ix] Para una mejor comprensión recurrir al libro digital de Moishe Postone “tiempo, trabajo y dominación social” (2006) editorial Marcial Pons, Madrid.

[x] Según Postone (2006) en el subtema “trabajo abstracto” p. 167-181.

[xi] Rosalita, promotora de la escuela de idiomas, de la Escuela Secundaria Rebelde Autónoma zapatista, quien tuvo conversaciones con Tischler en julio del 2009.

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