Bakunin, el agitador: el socialismo sin Estado y la confrontación – Sergio Reynaga

Que mis amigos construyan, yo no tengo más sed que la destrucción, porque estoy convencido de que construir con unos materiales podridos sobre una carroña es trabajo perdido y de que tan sólo a partir de una gran destrucción pueden aparecer de nuevo elementos vivientes, y junto con ellos, elementos nuevos.

-Mijail Bakunin

El siguiente texto a propósito del anarquismo histórico, es de carácter introductorio, y supone una lectura inicial de Dios y el Estado, es decir, se cierne sobre la figura de Bakunin: el gran errante, el iniciador, agitador salvaje y destructor; quien en palabras de Alexander Herzen: “había nacido bajo la influencia de un cometa.” (Bakunin, 2010:8) La persecución, la reclusión, y el conflicto, serían la constante trágica en el desenvolvimiento de su actividad política.

            Max Nettlau, archivista del movimiento anarquista y biógrafo de Bakunin, coloca el origen de los textos que conforman Dios y el Estado entre 1867-1870; sin embargo, para Edwar Carr, la fecha precisa es el año de 1865. Pero estos manuscritos no serán llevados a una imprenta sino hasta 1882, ocho años después de la muerte de Bakunin, a cargo de Eliseo Reclus y Carlo Caifero, compañeros del mismo durante sus últimos años. Así, publican una serie de tres manuscritos en Suiza. El título fue elegido por Reclus, quien años más tarde encontrará entre los papeles de Bakunin, una continuación lógica de la obra y la hizo incorporar en la edición francesa de las Obras Completas. (Bakunin, 2010:141)

Existe en la obra de Mijail Bakunin, la necesidad de pensar al poder, la necesidad de desnudarlo y hacerlo visible; pero, sobre todo, de extirparlo como figura central para la organización de la sociedad, más aún, de toda proyección para el ordenamiento relacional de la existencia social.  Por tanto, la dominación es un factor clave para la comprensión de su pensamiento, y se expresa en dos figuras iniciales y a la vez indivisibles, representadas por Dios y el Estado.

La autoridad al ser considerada como el detonador de los principios del poder, debe ser constituida como una facultad[1] (Bakunin, 2010) desarrollada dentro de la organización social, esto significa la desaparición del privilegio de gobernar desde cuerpos políticos fuera del conjunto. Bakunin se refiere a esta diferenciación, entre la autoridad de hecho y la institucionalización de la misma; es decir: autoridad de Derecho, por ejemplo: un médico y por otra parte la figura metafísica del Estado y las doctrinas religiosas. En el primer caso, la autoridad nace del trabajo y se desplaza a través del conocimiento adquirido, en la actividad viva; por otra parte, en la segunda se impone cómo criterio de verdad absoluta, sin embargo, la autoridad de hecho, está sujeta al criterio de quien decide someterse a ella o desobedecerla. A propósito, nos dice:

Aceptamos todas las autoridades naturales, y todas las influencias de hecho, ninguna de derecho; porque toda autoridad de derecho o toda influencia de derecho, y como tal oficialmente impuesta, al convertirse pronto en una opresión y en una mentira, nos impondría infaliblemente, cómo creo haberlo demostrado suficientemente, la esclavitud y el absurdo. (Bakunin, 2010:36)

Es en este sentido, en el que los anarquistas proponen la apropiación del conocimiento como un bien común, sujeto a crítica y sobre todo de libre acceso; inaceptable a medida que juzgamos innecesarias sus funciones a nivel individual y colectivo. El principio de autoridad nace de las funciones jerárquicas del Estado y la divinidad legalizadas en la institucionalización de sus figuras de dominación, y en vías directas hacia la anulación de las capacidades que facilitan la construcción de la libertad humana. A propósito, Ferrer, en Deicidio y disidencia, su texto introductorio a Dios y el Estado, propone:

Del orden estatal únicamente emergen criaturas tortuosas o torturadas, contrahechas a imagen y semejanza de su regulador. Por eso mismo, Bakunin enfatizó la importancia de los lazos sociales espontáneos y recíprocos, posibles articuladores de una suerte de hermandad no forzada cuya horma de posibilidad residía en la asunción de que la libertad –y no sólo la opresión- era germen de la relación social.  (Bakunin, 2010:9)

De esta manera, debe ser comprendida la propuesta de Bakunin respecto a la autoridad, que es sostenida sobre discursos metafísicos, cómo el germen gradualmente fortalecido por los aparatos de poder en correlación con su funcionamiento, es decir el ejercicio de gobernar para la adecuación y la anulación del sujeto a favor de los intereses de la dominación, intelectual, política-económica y social. Tomando en cuenta que ésta es necesariamente, legitimada por los hombres de genio que custodian celosamente su posición.

Es en este sentido donde encuentro en Bakunin, una figura clave para la crítica de la modernidad capitalista y la ciencia producida en dichas coordenadas. La autoridad divina y científica, se instituyen a partir de su capacidad para legitimarse, es decir mediante la construcción de un aparato legal que soporte su estructura y sus funciones, toda vez que su organización piramidal, jerarquizada en figuras verticales, como medios, solicitan la anulación individual y colectiva, dicha conjunción tiene como fin último la obediencia, es decir: la sumisión a sus figuras reguladoras. Estos ejes explicativos se ciernen sobre el mundo social, de tal manera que sostienen y dibujan la dominación como potencia del poder y su origen no puede ser otro, más que la autoridad y el sostenimiento de los privilegios que ésta detenta. Bakunin entiende esto como una fuerza contraria para el desarrollo de la libertad humana:

El hombre privilegiado, sea política, sea económicamente es un hombre intelectual y moralmente depravado. He ahí una ley social que no admite ninguna excepción, y que aplica tanto a las naciones enteras como a las clases, a las compañías como a los individuos. Es la ley de igualdad, condición suprema de la de la libertad y de la humanidad. (Bakunin, 2010:33)

Considerando este supuesto como núcleo, debe comprenderse su desarrollo en la ciencia, tanto cómo en la metafísica y la teología, y su conversión en una estratagema de convencimiento, que se coloca en los vencidos, a medida que se convierte en la elevación de imágenes que lo vinculen a una lógica de amo y esclavo, me refiero a la construcción del fetichismo, elevado a un vínculo conductor que se establece encima de la aparente esclavitud voluntaria. A propósito de dicha cuestión Ferrer, continúa:

Si bien fue un hombre a la vanguardia de su época, Bakunin también fue medianamente positivista en cuestiones del conocimiento. No obstante, se hallan en Dios y el Estado, una desconfianza pionera ante la figura del científico y de sus castas gremiales, de las cuales recelaba sus ambiciones tecnocráticas. Instintivamente, Bakunin se negó a tratar a las personas vivas como abstracciones estadísticas o conejos de laboratorios sociales, prefiriendo el crisol de la vida activa y sus antinomias. (Bakunin, 2010:9)

Otro de los principales ejes críticos en Dios y el Estado, se desplaza, de la crítica de la ciencia, hacia el concepto de civilización, y aunque, cómo la mayor parte del pensamiento de la época, en él se evoca al progreso a través del conocimiento y como figura primordial, Bakunin incendia el ejercicio civilizatorio de occidente, cómo el resultado del sometimiento a una verdad totalitaria y absoluta, bajo el seno del Estado, la Iglesia y la ciencia. Así pues, estas estratagemas, son comandos que regulan el orden relacional en el mundo social, civilizar a la humanidad resulta entonces, en la adecuación desde la normalización y la obediencia, más aún, significa la destrucción del medio, la mercantilización de la naturaleza y la fuerza de trabajo, es la aniquilación de la libertad y la autodeterminación.

Frente a estos nodos que articulan al principio de autoridad, nos ofrece la animalidad, lo salvaje como potencia originaria e inicial para la organización social y la conquista humana, con el fin de garantizar el bienestar de cada miembro del conjunto, meta incumplida hasta nuestros días. Por lo tanto, es la necesidad de rebelarse contra la animalidad organizándonos socialmente, pensando, afinando los vínculos sociales-humanos, de tal manera que estos sean garantía de libertad y del pleno desarrollo individual-colectivo, lo que nos empuja al conocimiento, es decir, de la animalidad, nos desplazamos a la organización y a través de esta al conocimiento, la rebelión es entonces, para Bakunin el origen de la ciencia, más aún: la potencia inicial de la humanidad. Así sentencia la cuestión: “El hombre se ha emancipado, se ha separado de la animalidad y se ha constituido como hombre; ha comenzado su historia y su desenvolvimiento propiamente humano por un acto de desobediencia y de ciencia, es decir por la rebeldía y por el pensamiento.” (Bakunin, 2010:15)

Entonces nos sugiere que la autoridad, desde Dios y el Estado, como principios, son entes metafísicos, por lo tanto, inaccesibles e indivisibles, Bakunin explica la cuestión de la siguiente manera: “Es un ser nebuloso, diáfano, ilusorio, de tal modo ilusorio que cuando se cree palparle se transforma en nada; es un milagro, un fuego fatuo que ni calienta ni ilumina. Y sin embargo sostienen y creen que, si desapareciese, desaparecería todo con él.” (Bakunin, 2010:21)

El principio divino tiene su origen en los dogmas religiosos, para occidente el cristianismo. La función del principio divino, constituye la desaparición del pensamiento crítico, libre y autónomo, puesto que reduce todo a lo único-total, de manera violenta, dejando fuera de sus leyes al mundo humano, a su organización y disfrute. Se establece como normalizador de las conductas, es decir: tiende a colocarse como carga de sentido, valor moral y terminaciones conductuales, con el fin de vencer a la comunidad, mediante la imposición de sus saberes como criterios de verdad y totalidad. Bakunin ve en la religión, un instrumento para la dominación, en correlación con el poder político y Estatal, que surge desde la ignominia y la superstición. Es curioso como en este sentido, se encuentran ya ancladas las bases del liberalismo económico, me refiero a la figura del individualismo en la competencia y en el abandono en sí mismo, es decir el aislamiento, lo que imposibilita la capacidad creadora, potencia de la vinculación social saludable, en la carrera del sálvense quien pueda, en el modelo neoliberal, en la competencia como ley y medio para los elegidos por un Dios divino y mercantil, es decir quien obedece y sirve, es capaz de acceder a la salvación y la opulencia, la felicidad como fetiche[2].

La obediencia a la esclavitud celeste, es  el sometimiento de la libertad humana, bajo las leyes divinas, que empujan al individuo hacia la ignorancia, arrastrándole a una vida de carencias y humildad[3], lejos del goce, en la desaparición del placer, como necesidad propia de nuestra especie. Esto no es otra cosa que el martirio, cómo vía insufrible, hacía el premio o el castigo, solo después de la muerte. Este principio desecha la capacidad creativa individual, la autodeterminación. Una vez establecidas las figuras de la dominación, se ejerce el poder, lo que resulta en la amputación de toda capacidad organizativa en la libre asociación.

Esclavos de Dios, los hombres deben serlo también de la Iglesia y del Estado, en tanto que este último es consagrado por la iglesia (…) La idea de Dios implica la abdicación de la razón humana; es la negación más decisiva de la libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud de los hombres, tanto en teoría como en la práctica. (Bakunin, 2010:27)

Estas dos figuras, cómo advierte Bakunin, son indivisibles, una advertencia que reitera alrededor de su obra, y que comprende como necesarias para el establecimiento del poder político, económico y social. Su relación surge desde la necesidad de gobernar, en tránsito hacia la dominación, tomando en cuenta que principian sobre equivalencias que funcionan, como criterios únicos, verdaderos y absolutos. Al respecto Bakunin explica: “Por consiguiente, si Dios existiese, no habría para él más que un solo medio de servir a la libertad humana: el dejar de existir.” (Bakunin, 2010:30) Bajo estos ejes reguladores, encontramos también a los saberes legales y científicos, que igual que Dios, tienen a sus hombres de genio, justificando la existencia de la institución de sus saberes. Por lo tanto, también son, a partir de la expresión de absolutos. De esta misma forma se instituye y coloca al Estado, cómo figura de orden, es decir como los márgenes de una sociedad que sin la vigilancia y el control de dicho aparato se destruiría desde sus adentros, promesa por mucho cuestionable, tomando en cuenta que las relaciones sociales, que se dan en toda comunidad se realizan cotidianamente, sin la intervención de las instituciones, en el libre acuerdo. De esta forma es que la creencia[4] se superpone sobre la capacidad crítica individual-colectiva, en la obediencia. Bajo este supuesto, es que necesitamos ser y somos gobernados, en la cancelación de la posibilidad de proyectar los vínculos sociales como factor organizativo. Por lo tanto, la rebelión como pieza nuclear del conocimiento, tal y cómo la entiende Bakunin, es el mismo despliegue histórico de la humanidad. Lo esboza de la siguiente manera:

La historia se nos aparece, entonces, como la negación revolucionaria, ya sea lenta, apática, adormecida, ya sea apasionada y poderosa del pasado. Consiste precisamente en la negación progresiva de la animalidad primera del hombre por el desenvolvimiento de su humanidad. El hombre, animal feroz, primo del gorila, ha partido de la noche profunda del instinto animal para llegar a la luz del espíritu, lo que explica de una manera completamente natural todas las divagaciones pasadas, y nos consuela en parte de sus errores presentes. (Bakunin, 2010:24)

Hasta este punto, los principios expuestos, entre la autoridad, la divinidad y la correlación entre Dios y el Estado, deben alcanzar a dibujarse como las comisuras desde donde se establecen los hilos que hacen posible la organización del poder, su ordenamiento y regulación. De la misma manera, debe quedarnos clara la posición violenta del aparato Estatal, tomando en cuenta su instituyente divino y metafísico, el cual no acepta poder en oposición, ni igual, pues su trabajo es ser absoluto, en este sentido podemos develar su funcionamiento, junto a Bakunin, de la siguiente manera:

En el fondo la conquista no sólo es el origen, es también el fin supremo de todos los Estados grandes o pequeños, poderosos o débiles, despóticos o liberales, monárquicos o aristocráticos, democráticos y socialistas también, suponiendo que el ideal de los socialistas alemanes, el de un gran Estado comunista, se realice alguna vez. (Bakunin, 2010: 119)

Así pues, el poder estatal se dispara desde la centralidad y la verticalidad, su existencia no es sino tensión y violencia, se desplaza en una constante tregua y el enfrentamiento entre naciones. Estas figuras, junto a la dominación, son pues, el origen de la guerra y el desarrollo desigual de los pueblos, en la disputa tecnológica y científica, que así mismo garantiza y crea la lucha por el control del mercado global, históricamente desarrollada por el liberalismo económico.

¿Qué es el Estado si no es la organización del poder? Pero está en la naturaleza de todo poder la imposibilidad de soportar un superior o un igual, pues el poder no tiene otro objeto que la dominación, y la dominación no es real más que cuando le está sometido todo lo que la obstaculiza; ningún poder tolera otro más que cuando está obligado a ello, es decir cuando se siente impotente para destruirlo o derribarlo. El solo hecho de un poder igual es una negación de su principio y una amenaza perpetua contra su existencia; porque es una manifestación y una prueba de su impotencia. Por consiguiente, entre todos los Estados que existen uno junto al otro, la guerra es permanente y su paz no es más que una tregua. (Bakunin, 2010:119)

De esta manera inicia el despliegue de su lucha contra Dios y el Estado. Bakunin, después de ser condenado al destierro siberiano, se traslada a París, en donde iniciaría contacto con la actividad política y el movimiento obrero, principalmente con Marx y Proudhon, con este último trabaría incluso, amistad. Para marzo de 1849 se encontraba apoyando el levantamiento de los sajones para la construcción de un Estado burgués democrático, si bien no estaba de acuerdo con los objetivos moderados, consideraba la sublevación como una lucha contra la opresión, dicha revuelta fracasó, es apresado y condenado a muerte. La captura continúo con su extradición a Austria con cargos en su contra, gracias a su participación años antes en el levantamiento de estudiantes y obreros de Praga, donde estará preso un año más, hasta que es condenado a muerte por segunda vez. Frente a estas dos amenazas contra su vida, el gobierno ruso exigiría la extradición de Bakunin, donde sería condenado a seis años en la fortaleza Pedro y Pablo, desterrado en Siberia, a los cuatro años consigue huir y llegar a Londres a través de Japón y los Estados Unidos. Para finales de 1863, de Londres se traslada a Italia, a la ciudad de Florencia, en pleno enfrentamiento entre republicanos y monárquicos, tensión que aprovecharía para la organización del anarquismo italiano, sólo para un año después trasladarse a Nápoles, para fundar la Hermandad Internacional, organización que duró poco tiempo, y la cual es fundada alrededor de su catecismo revolucionario. Tiempo después en su trabajo Federalismo y Socialismo. Contra la teología, defendía de frente a Proudhon la tesis de que la unidad de base de la sociedad socialista debía de constituirse, no a partir del obrero individual, sino grupos de trabajadores. Posteriormente organiza la Alianza Internacional, y proclama que la vía debe coincidir con la meta, y que la organización revolucionaria constituye una anticipación de la sociedad futura, será el napolitano Giuseppe Fanelli quien marche a España para fundar secciones en Madrid y Barcelona. Aunque dicha Alianza se pretendía autónoma fue disuelta por el Consejo General de la Internacional, bajo la presión de Marx. En septiembre de 1869, las tensiones entre anarquistas y el ala marxista, respecto a la abolición del Estado y la propiedad, irían en aumento, mientras los anarquistas exigían la inmediata abolición, los marxistas proponían un impuesto escalonado frente a las transiciones patrimoniales y la conquista del poder. Para 1872 en la celebración del congreso de La Haya, ya está decidida la expulsión de Bakunin, los anarquistas son desalojados de la sala en medio de acusaciones personales de Marx contra Bakunin, respecto de la Alianza Internacional. Posteriormente los anarquistas fundaron la Internacional antiautoritaria. (Dressen, 1978:21-29)

De esta manera se inicia la confrontación, no solamente con el Estado, la iglesia y el capital, sino también contra cualquier figura de dominación estatista, incluso las promovidas en nombre del socialismo, así el congreso de Saint-Imer declara:

  • 1-      Que la destrucción de todo Poder político es la primera obligación del proletariado;
  • 2-      Que toda organización de un llamado Poder político provisional y revolucionario destinado a obtener dicha destrucción sólo puede ser un engaño más, que entrañaría para el proletariado el mismo peligro de cualquiera de los gobiernos establecidos;
  • 3-      Que, tras rechazar cualquier compromiso en la puesta en práctica de la revolución social, los proletarios de todos los países deberán instaurar – al margen de cualquier política burguesa- la solidaridad de la acción revolucionaria. (Dressen, 1978:25)

De tal manera es que el anarquismo inicia su desplazamiento histórico alejado de las instituciones oficiales, en la proyección del socialismo sin Estado y antiautoritario. Para este momento Bakunin sostiene como indispensable el principio de: De cada uno según su capacidad; a cada uno según su necesidad. Bajo este supuesto propone el valor del trabajo de acuerdo con el costo de la formación del trabajador y las capacidades del mismo para llevar a cabo su actividad, por lo tanto, la fórmula colectivista consiste en que: “La tierra y los instrumentos de producción deben ser comunes, pero el fruto del trabajo debe ser repartido en proporción de esfuerzo y la calidad del trabajo de cada uno” (Capppelletti, 2011:24). De esa manera se conserva el régimen de salario -esta cuestión será criticada y desechada por la corriente anarco-comunista- (Cappelletti, 2011:23-24). Quizá se pueda comprender de mejor manera la propuesta de Bakunin, explicada por él mismo a propósito del anarquismo, o lo que él mismo califica como socialismo anti estatal, en el siguiente pasaje de su texto Socialismo Burgués, contenido en la antología de textos presentada por Dressen en su publicación Antiautoritarismo y anarquismo:

La Teoría política y social de los socialistas antiestatales o anarquistas conduce a una ruptura total con todos los gobiernos, con todas las variaciones de la política burguesa. Para ella no existe más vía que la revolución social. La teoría contraria –la de los comunistas estatales y de la autoridad científica- conduce a sus partidarios de forma igualmente inevitable, y bajo el pretexto de táctica política, a una interminable cadena de compromisos con los gobiernos y los partidos políticos; los conduce a los brazos abiertos de la más pura reacción. (Dressen, 1978:113-114)

Así pues, la anarquía se propone como la posibilidad de facultar los vínculos sociales hacia figuras organizativas, que descentralicen el poder y destronen cualquier jerarquía, en la proyección de una organización política, social y económica desde abajo y hacia arriba, de la periferia al centro, mediante la autodeterminación, la libre asociación y el federalismo, al menos la propuesta de Bakunin se dispara de esta forma, no como algo acabado. Se pretende pues, ser inicio, es decir que la anarquía es una crítica siempre en crisis, urgencia y necesidad, es el quiebre constante  que responde únicamente a la satisfacción de cada uno de los planos de la existencia humana, en la búsqueda de su desarrollo pleno e integral[5].


[1] En el pensamiento de Bakunin, una facultad, es la capacidad adquirida de hecho, es decir en el transcurso vivo hacía la realización de cualquier actividad humana, y que por tanto, en la desaparición de la autoridad de derecho, esta se desarrolla dentro de la autodeterminación y la ley de igualdad.

[2] En algunas referencias bíblicas, es posible encontrar algunos de los factores clave para la comprensión del modelo del liberalismo económico burgués, hasta su figura actual: en el neoliberalismo, tomando en cuenta el individualismo como el abandono en sí mismo, y la competencia de unos cuantos elegidos hacía la ascensión divina, en la salvación religiosa (y/o económica, según el caso);  y que se disparan por ejemplo, en la desconfianza hacía el igual que podemos leer en Jeremías 17:5, que reza: “Así dice el señor: maldito el hombre que en el hombre confía, y hace de la carne su fortaleza, y su corazón se aparta de Jehová.” Queda clara también la presencia de la autoridad divina en cuanto a los vínculos sociales y su anulación, tomando en cuenta que Dios, es el intermediario del amor al prójimo, puesto que se ama al otro sólo a través de dios, y no a partir de la libertad y el mutuo acuerdo.  De manera similar funciona la figura del Estado como regulador de las relaciones sociales. Para el ejercicio de la dominación encontramos por ejemplo, el pasaje bíblico correspondiente a Isaías 30:1, que reza: “¡Ay de los hijos rebeldes –declara el señor- que ejecutan planes, pero no los míos, y hacen alianza, pero no según mi espíritu, para añadir pecado sobre pecado!” En este sentido, también cualquier figura organizativa fuera del poder y la figura de la autoridad Dios-Estado, es considerada apócrifa, decadente e inviable, se tiende a presentar la libertad, el apoyo mutuo y la vinculación social de individuos autodeterminados, como una espora flotando en el caos hacía su propia aniquilación.

[3] Si comprendemos a la humildad como un valor cristiano, también comprendemos que forma parte en una moral de carácter regulador, que en términos conductuales, se propone como virtud o limitación-marginal. Sin embargo, también se comprende en el plano social como una situación económicamente precaria. De esta forma es un estratagema que fetichiza la felicidad, toda vez que surge desde la mentalidad esclava y mantiene la esclavitud en lo aparente, como una figura voluntaria, es decir en la obediencia como situación y  a Dios-Estado como límite.

[4] Para José Ortega y Gasset, las creencias se desarrollan de la siguiente manera: “Las creencias constituyen el estrato básico, el más profundo de la arquitectura de nuestra vida. Vivimos de ellas y, por lo mismo, no solemos pensar en ellas. Pensamos en lo que nos es más o menos cuestión. Por eso decimos que tenemos estas o las otras ideas; pero nuestras creencias, más que tenerlas, las somos.” (Véase J. Ortega y Gasset. (1984). Historia como sistema. España: Sarpe. p.38) De esta manera comprendemos que la capacidad creativa, de un individuo anulado por la dominación supone, el creer en el orden que se establece como el control de su existencia.

[5] Aquí pueden ser útiles algunas consideraciones a propósito del horizonte revolucionario, que nos plantea el pensamiento libertario. En oposición a la revolución política, entendida como el fortalecimiento de las lógicas de mando-ejecutante en las concepciones estatistas, el horizonte ético de la revolución social, vuelve urgente la transformación de las conductas y el despliegue de vínculos societarios sanos e igualitarios, la primera se funda en las estructuras despegadas del cuerpo social, la segunda en la actividad política y relacional, entre el individuo y la colectividad.

Bibliografía:

Bakunin,  M. (2010). Dios y el Estado. Buenos Aires. Utopia Libertaria

Cappelletti, A.  (2011). Ideología anarquista. Editorial Redez.

Dressen, W. (1978). Antiautoritarismo y anarquismo, debate Bakunin-Marx. Anagrama.

Ortega y Gasset, J. (1984). Historia como sistema. España: Sarpe

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