Hacia una Historia Conceptual de Tiempo Presente: El Caso del (Pos) Desarrollo – César Daniel Ochoa

Introducción

Este trabajo resulta una aproximación a la posibilidad de entrecruzar la propuesta teórico-metodológica de la historia conceptual alemana, propuesta por Reinhart Koselleck, con los planteamientos metodológicos de la llamada historia de tiempo presente. Para ello se plantea una discusión relativa a la problemática de la temporalidad en ambas propuestas, siendo el centro de esta la noción de presente. Las premisas obtenidas nos servirán para aproximarnos al estudio de las diferentes nociones del tiempo histórico entre el concepto de desarrollo y posdesarrollo, con la intención de profundizar en estas diferencias en estudios posteriores.

Historia de Tiempo Presente e Historia Conceptual

Las discusiones sobre historia de tiempo presente han tenido un importante auge en las últimas décadas. Las aportaciones y discusiones metodológicas propias de esta forma de observar los fenómenos históricos, sumamente crítica a posiciones decimonónicas como la “distancia metodológica,” podría impulsar a la historia conceptual hacia un nuevo espacio de acción investigativa y, por qué no, de praxis política. Esto se ha convertido en una necesidad porque, sin duda alguna, la situación del mundo ha cambiado radicalmente desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días.

Las primera dificultad a la que nos enfrentamos sería el definir qué entendemos por historia de tiempo presente y cómo podrían relacionarse sus postulados con los planteamientos generales de una historia conceptual que se ha preocupado, por lo general, solo de conceptos histórico-fundamentales que marcaron una época que, bajo una plétora de sentidos y construcciones simbólicas relativas a la historia y el tiempo histórico, forjó las cualidades mismas de las sociedades contemporáneas; época que el propio Koselleck  delimita temporalmente entre 1750 – 1850 y nominalmente bajo el nombre de Sattelzeit.

La historia de tiempo presente ha sido relacionada con categorías como historia inmediata, historia contemporánea,[1] y otros epítetos que relacionan esta perspectiva con lo inmediato. Resulta obvio que una postura inmediatista sin más no podría ser conjugada con una historia conceptual que se ha caracterizado por su profundidad diacrónica, por lo que resulta necesario discutir lo “presente” de esta historia que poco o nada tendría que ver ya con esta inmediatez intuitiva.

La expresión “historia de tiempo presente” se remonta al segundo periodo de posguerra, en Francia. Es ahí donde esta idea nace bajo la bandera de reconocer los horrores de la guerra, del nazismo, del holocausto:

Su origen estuvo en el afán de un sector de la historiografía francesa por diferenciar las investigaciones de lo «muy contemporáneo» respecto de la historia anterior a la Segunda Guerra Mundial, planteando nuevos elementos de análisis como el testimonio (asunto de gran trascendencia en la «era del testigo» que arranca de los juicios de Nuremberg), la memoria (en sus múltiples usos históricos, políticos y sociales), el acontecimiento (enfrentado a la historia de larga duración), y la demanda social, traducida en la cada vez más frecuente demanda de «expertos» en cuestiones históricas litigiosas.[2]

La naturaleza inmediatista de la propuesta francesa de historia de tiempo presente resulta más que adecuada cuando se tiene en consideración el espacio de experiencia[3] en que se desenvuelven los autores de dicha perspectiva. No obstante, resultaría poco novedoso e inútil no enriquecer esta propuesta desde otros asideros teóricos, sobre todo cuando se tiene a la mano una obra tan sólida como la de François Hartog, quien explica el papel del testigo y el testimonio como centro gravitacional del régimen de historicidad presentista, propio de este tiempo nuestro.[4]

Si nuestra propuesta quiere enriquecer esta perspectiva inmediatista, la primera discusión debería centrarse en la idea de presente. Es curioso que para Reinhart Koselleck, toda historia termine siendo una historia de tiempo presente, pues para él el pasado, el presente y el futuro son solo formalizaciones que se caracterizan por ser categorías elásticas. El presente, para el sentido común, sería esa imposibilidad lógica que al momento que aparece se resuelve en pasado y que, al mismo tiempo, se encuentra en constante tensión con un futuro. Pero el hecho de que Koselleck apele a la idea de universalidad de la historia del tiempo presente en el ejercicio mismo de la historiografía quiere decir que todo tiempo es, fue o será presente. Según el historiador alemán

Sólo hay futuro como futuro presente y pasado como pasado presente. Las tres dimensiones del tiempo se anudan en el presente de la experiencia humana, en su animus, por decirlo siguiendo a San Agustín. El tiempo sólo está presente en una continuidad retirada: el futuro en la expectatio futurorum y el pasado en la memoria praeteritorum. El llamado ser del futuro o el del pasado no son otra cosa que su presente, en el que se presentan.[5]

Las categorías formales para expresar estas realidades temporales son tres: el cambio, la duración y la unicidad. Esta tipificación, que nos habla de las condiciones de posibilidad del efecto de la temporalidad misma, aclara de alguna manera los límites que hay entre la época y el periodo. Para el propio Koselleck, la noción de época solo es posible bajo la figura del cambio, y periodo es una categoría más adecuada en el marco de la reflexión y la metodología histórica. Las diferencias entre época y periodo aparecen en el campo de las discusiones políticas e historiográficas y bajo la influencia de un tiempo que regía la historia universal. El Renacimiento como expresión de recuperación de lo Antiguo, por parte de los Ilustrados, pasó a ser un concepto general de periodo para la historia universal del siglo XIX. La Reforma, por otro lado, fue un concepto de época que, al aparecer en el umbral de tránsito del mundo cristiano, significó una apertura en el siglo XVI, un impulso sincrónico sobre la realidad y la temporalización, la cual se vio cerrada a finales del siglo XVII, proceso que termina definitivamente en el siglo XIX con Ranke, cuando se somete como concepto de periodización de la historia universal.[6]

De lo anterior se desprende que las propias delimitaciones periódicas de las que hacemos parte los historiadores contemporáneos[7] actúan como límites contingentes y móviles. Si bien es cierto que estas delimitaciones periódicas forman parte esencial del ejercicio y de la propia operación historiográfica,[8] es menester de la reflexión el preguntar por las posibles transgresiones y por nuevas aportaciones viables. De ello que la reflexión en torno a la historia de tiempo presente sea más que pertinente, pues nos obligaría a repensar el “periodo” que debemos retomar cuando nos referimos a este respecto.

A mediados de la década de 1970, cuando resurge con fuerza la idea de historia de tiempo presente en Francia, la división del trabajo relativo al estudio de la sociedad en su dimensión temporal era clara: el historiador era el profesional dedicado a la reflexión profunda y diacrónica del acontecer humano, mientras que el periodista, carente de herramientas metodológicas para enfrentarse a las verdades universales y complejas de la historia, se encargaba del estudio de los acontecimientos “presentes.”[9] En el fondo, esta diferencia evidencia el punto fundamental de toda la operación historiográfica, tal cual la ejercemos hoy en día: la ley enmascarada.[10] Lo anterior se deduce de las tres grandes críticas que se le hace a la historia de tiempo presente, según Bédarida

Primero, la sacrosanta noción de «distanciamiento» […] que parecía como el signo y la garantía indispensable de la objetividad [… La] Segunda objeción para la historia de tiempo presente: la carencia de fuentes –aun cuando frecuentemente se enuncia el argumento opuesto según el cual la superabundancia haría imposible controlarlas [… No obstante] la verdadera objeción a poner a la historia del tiempo presente sería la de que debe analizar e interpretar un tiempo del cual no conoce ni el resultado ni el final.[11]

La primera crítica, esa que tiene que ver con los lineamientos de una historia positiva y ajena a la subjetividad del historiador, resulta bastante hilarante y no me atrevería a dedicarle más que estos renglones.[12] La segunda objeción tendría más que ver con el método y los posibles abordajes desde, por ejemplo, la historia oral.[13] Me parece que esta crítica se resuelve con la metodología porque, dependiendo del objeto de estudio que se construya, se tendrán más o menos fuentes, más o menos prestas a consideración, es decir, la historia de tiempo presente adolece de todo lo que podría padecer cualquier ejercicio historiográfico, ni más ni menos. La última crítica, y estaría totalmente de acuerdo con Bédarida en que es la más importante, estriba en que el ejercicio de la historia está considerado aún bajo lineamientos plenamente modernos. La historia sigue siendo, como en el siglo XVII, una construcción de relatos que obedecen a una concatenación de acontecimientos que tienen un sentido implícito,[14] y que solo es posible conocer cómo pasado aquello que ya ha finalizado.[15]

Ahora bien, debemos aclarar que no se está proponiendo una forma diferente de ejecutar el ejercicio de la historia, es decir,  una crítica sensata no estriba en tratar de desarticular del todo esta perspectiva, más bien, se está intentando darle un nuevo sentido a la luz de las discusiones que se gestan en el seno de la propia historiografía. El objetivo que se persigue aquí es, ante todo, el hacer notar el papel del historiador y sus métodos en la configuración de lo que es pasado y presente. Por lo tanto, sí es una crítica a los efectos que tiene en el trabajo histórico una racionalidad moderna-futurista que, siendo tajantes en este respecto, ha sido superada hace algún tiempo. La relación entre pasado y presente es perceptible, entonces, no en los valores inmanentes de una historia universal o como singular colectivo, sino en lo relacionado con la realidad que consideramos con nuestras herramientas metodológicas, por decirlo con otras palabras: solo podremos expresar la diferencia entre pasado y presente en relación con las características de un objeto de estudio determinado.

Para explicar a que nos referimos con esto último resulta fundamental la propuesta conceptual de Koselleck referente a las estructuras de repetición. Para el historiador de Bielefeld, la naturaleza histórica de los seres humanos o, para utilizar su formulación epistemológica, la antropología histórica, se asienta entre dos polos: repetitividad constante e innovación permanente.[16] La idea de una estructura de repetición es, en el fondo, una crítica a una noción de historia que se constituye más como meta-historia (esta historia en sí, universal o singular colectivo que mencionamos más arriba), y otra historia, un estrato de significación pretérito a la transformación moderna de la semántica de la palabra, que se relacionaba con lo reiterativo del acontecer humano, estableciendo una lógica de la repetición, de lo inmutable.[17] En palabras de Koselleck

A diferencia de estas teorías del retorno relativamente simples y por ello sólo superficialmente reveladoras, las ‘estructuras de repetición’ apuntan a condiciones permanentemente posibles y diversamente actualizables de los acontecimientos particulares y sus consecuencias, las cuales sólo retornan en función de determinadas situaciones. Una teoría estocástica de la probabilidad podría a caso hacer uso de este tipo de probabilidades siempre presentes, cuya ocurrencia empero depende de una serie de azares desconocidos. Y de esta forma podría explicarse eventualmente un acontecimiento único –o bien hacer que sea probable.[18]

En este tenor, el académico alemán explica que esta noción debe tratarse con mucho cuidado, pues sería fácil caer en indeseables falseaciones del pasado. El papel del historiador aquí es crucial, pues dependerá del objeto analizado la posibilidad de hablar de una continuación o una ruptura. Es más fácil, por ejemplo, hablar de rupturas en el ámbito de lo político, dice él, que en el ámbito de la lengua. De igual manera, argumenta que las explicaciones históricas deben atravesar los planos sincrónicos y diacrónicos, en palabras de Juan Francisco Fuentes: “La explicación puramente sincrónica no es explicación…”[19] Pero la relación entre sincronía y diacronía, que en el fondo es el enclave argumental de la propuesta de estructura de Koselleck, tiende a complejizarse si se tiene en cuenta las diferencias entre objetos y, por lo tanto, de métodos entre una historia conceptual y una social.[20]

La estructuras estarán relacionadas, en todo caso, con los presupuestos de una Histórica, una “doctrina de posibilidad de las historias.” Koselleck estableció estas condiciones en el marco de una filosofía existencialista (Heidegger) y una historia conceptual de corte hermenéutico-filosófica (Gadamer), las cuales se distinguen por ser categorías antropológicamente definitorias, pero que se circunscriben al azar y la unicidad de las historias; estas son: poder matar/poder matarse, amigo/enemigo, interior/exterior, el tránsito generacional, y la dicotomía amo/esclavo. Para Koselleck, en contraposición de su maestro Gadamer, toda historia posible tiene un margen de acción independiente del lenguaje, pues las condiciones que hacen viables las historias particulares son de carácter extra, pre y lingüístico.[21] Siendo esto último parte fundamental de la propuesta teórica de la historia conceptual alemana, existen dos categorías más importantes dentro de la propia histórica: espacio de experiencia y horizonte de expectativa.

Debemos aclarar que no es viable explicar estas dos categorías dentro del corpus mismo de las condiciones de posibilidad ya desarrolladas más arriba, esto por las siguientes razones: primero, porque son categorías plenamente formales que no expresan una realidad histórica determinada, pero que ninguna historia podría desarrollarse sin ellas. Segundo, no son categorías que puedan extraerse de las fuentes, más bien sirven como lineamientos metodológicos para abordar los conceptos ligados a las fuentes, “Se trata de categorías del conocimiento que ayudan a fundamentar la posibilidad de una historia,” y tercero, son categorías históricas que equivalen a las de espacio y tiempo. Estas “remiten a un dato antropológico previo, sin el cual la historia no es posible, ni siquiera concebible.”[22]

Ahora bien, ya se dijo más arriba que las historias individuales solo son posibles por estructuras de repetición que, sin ser determinaciones, condicionan las posibles historias, y esta realidad puede definirse perfectamente a través del espacio de experiencia. En primera instancia, deberíamos admitir que hay tres formas generales de adquirir la experiencia: en primer lugar está la experiencia singular e irrepetible, esta solo puede adquirirse a través de la sorpresa; la segunda se refiere a la repetición de las experiencias, se relaciona generalmente con la comunicación de una generación con otra, y en tercer lugar se encuentra la experiencia histórica, cuya única posibilidad de existencia es la reflexión diacrónica allende a los métodos historiográficos.[23] Estas formas de adquisición de la experiencia no son otra cosa que condiciones de posibilidad pre-lingüísticas que hacen posible todo ejercicio de escritura en torno al pasado.

Si durante el periodo de montura se dio una separación entre experiencia y expectativa, lo que formuló un tiempo histórico propiamente dicho, también abrió paso a una característica intrínseca al propio proceso: la modernidad velociferina.[24] Este presupuesto de aceleración sin duda puede interpretarse a la luz de las condiciones mismas de la escritura histórica, es decir, de un registro, una continuación y una reescritura.[25] Justifiquémoslo de la siguiente manera: estas condiciones formales para la escrituración histórica se ven directamente relacionadas con las tres formas generales de adquirir la experiencia; esta relación entre adquirir experiencia/escribir experiencia nos dará una pauta metodológica para reconocer las continuidades y rupturas entre los conceptos que nos aprestamos a analizar: desarrollo y posdesarrollo.

Sin duda, el papel principal de una historia conceptual de tiempo presente tendría que ser el discernir, a través de los estudios diacrónicos y sincrónicos, lo pasados-presentes que operan en el debate político y social allende a su experiencia, es decir, analizar los conceptos que a simple vista expresan una definición expresa con el pasado, pero que, en su centro argumental, aún contienen descripciones y prescripciones que se pueden rastrear y definir como estructuras de repetición. En este trabajo trataremos de explicar esta idea con un acercamiento a los conceptos de desarrollo y pos-desarrollo.

(Pos) Desarrollo: Hacia la Comprensión de un “Nuevo Tiempo”

Desarrollo, como concepto normativo de las políticas económicas, aparece sistematizado solo después de 1945, a través de la recién fundada Organización de las Naciones Unidas. El concepto se utiliza en principio bajo el contexto histórico delimitado por el ascenso de Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como superpotencias y la consecuente Guerra Fría que se va cerniendo como fenómeno político predilecto de la época después de la derrota del Tercer Reich en Europa y el Imperio Nipón en el Pacífico, la caída de los imperios coloniales y la liberación de sus colonias del África, así como los primeros atisbos de los posteriores procesos de liberación nacional de América Latina.[26] La primera forma sistematizada del concepto que somete su utilización a un campo semántico regulado por y para éste, de las que serán revisadas, es la Teoría de la Modernización. Dicho andamiaje teórico puede considerarse como heredero directo de los elementos prospectivos de la política moderna pos revolución francesa, o bien, posterior al proceso de semantización moderna denominado como “tiempo de montura.”

El principal exponente de esta figura teórica es Rostow, quien describe un modelo único y unidireccional del desarrollo. En su Thestage of economicgrowth. A non comunistmanifest postulaba haber elaborado una teoría del desarrollo alternativa a la visión histórica de Marx. Esta “alternativa” a la visión marxiana se componía de 5 estadios por los cuales toda sociedad tendría que pasar: 1) Sociedad tradicional: consideras de esta manera las sociedades pre-científicas (pre-newtonianas), basadas en la agriculturas y asociadas a un fatalismo a largo plazo; 2) Condiciones previas al impacto inicial: aparece un espíritu modernizador, creyente del progreso y un Estado nacional centralizado; 3) Despegue: expansión de las empresas, boom tecnológico; 4) Marcha hacia la madurez: etapa de expansión tecnológica; y 5) Alto consumo: producción dirigida a la producción de bienes y servicios duraderos y un gobierno dedicado al bienestar social.[27] Una crítica que se le hace al modelo de Rostow es que en esta primera etapa se toman como iguales sociedades tan diferentes como la Australia aborigen y el Imperio Romano o China[28]

Junto a Rostow hay un empuje profundo de la teoría de la modernización por parte de la sociología. Desde la escuela funcionalista, heredera los postulados del sociólogo Emile Durkheim, destaca Talcott Parsons quien de alguna manera promueven un modelo de desarrollo bastante conservador,[29] pues al definir las condiciones generales requeridas para el desarrollo, dividía entre países con “desarrollo original” y otras en que el desarrollo debería llegar posteriormente. En esta división se enfatizaba, para las “nuevas naciones en desarrollo,” el papel del gobierno que promoviera la creación de élites que, si bien no “dirigían” la economía, posibilitaban seguir el modelo universalista propuesto por el sociólogo.[30]

La crítica a la teoría de la modernización aparece como específica en el campo de la crítica general de la modernidad, y sobre todo en el marco general que nos propone el estudio de la semántica histórica, dejando en claro que, a pesar de que aparentemente el presupuesto principal del argumento de la teoría modernizadora es de un profundo carácter histórico, el principal error es justamente la incapacidad del pensamiento moderno, sometido a una historia en sí como concepto “singular colectivo,” que ya mencionamos más arriba, y de pensarse reflexivamente en el ámbito de la historicidad de su propia práctica. No obstante, y dejando de lado esta crítica que resulta compleja y llamativa, podríamos decir que las aportaciones de dicha teoría modernizadora al complejo campo semántico del desarrollo fue la necesidad de relacionar crecimiento económico con desarrollo.

La propia ONU, cerca de la década de 1980 comienza a tejer una nueva forma de observar los problemas del crecimiento y desarrollo que nos parece importante: el desarrollo sustentable.[31] Las principales discusiones que dieron pie a la construcción del desarrollo sustentable fueron 1980, 1987 y 1992 en donde se discutía, fundamentalmente, como disponer de los beneficios de un crecimiento económico sin repercutir de manera insostenible los recursos que la naturaleza puede ofrecernos.[32] La Comisión Brundtland definiría el desarrollo sustentable como “un curso humano capaz de satisfacer las necesidades  y aspiraciones de la generación presente, sin comprometer las posibilidades y habilidades de las generaciones futuras de satisfacer las suyas[33] de tal manera que el desarrollo tenía que darse no solo bajo presupuestos normativos de crecimiento económico y los efectos que estos debían presentar en la sociedad para la disminución de las desigualdades, sino que esto último tenía que darse siempre sometiéndose a los límites que la propia naturaleza disponía, es decir, el crecimiento tenía que ser limitado en cuanto a los efectos que este traía a los ecosistemas.

No es difícil imaginar, bajo un manto de intuición, de dónde llegan las críticas a esta visión del desarrollo. Es evidente que el problema principal es que para el desarrollo sustentable es aún necesario el crecimiento económico y, aunque este deba estar regulado por elementos jurídicos que, en todo caso, funden sus principios en la relación entre naturaleza y explotación de esta, este crecimiento naturalmente rara vez se ve afectado por políticas que hagan referencia al desarrollo sustentable. Otro elemento es que, si bien las tecnologías están cobrando una importancia relativa en la relación crecimiento-contaminación, hay disputas profundas en cuanto a la capacidad de estas de hacer posible el crecimiento económico constante junto a políticas de sustentabilidad.[34]

Según la ONU, cuando nos disponemos a hablar de desarrollo sustentable es necesario hablar de desarrollo humano, propuesto por el economista laureado con el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel, Amartya Sen.[35] Este desarrollo humano tiene como premisa fundamental el reconocimiento de las libertades como elemento sustancial del desarrollo. Para hablar de desarrollo humano es necesario someter a análisis no solo las implicaciones económicas del crecimiento que nos dejan ver los estudios basados en el análisis del PIB e incluso del PIB per cápita, sino en qué condiciones se encuentran los individuos, tratando de ser lo más precisos con ello, sin caer en las generalidades que pueden traer las conclusiones en tema de distribución, por poner un ejemplo, en cuanto al PIB per cápita.[36] Las dimensiones en las que circunda el cálculo del Índice de Desarrollo Humano son la existencia de una vida larga y saludable, calculada bajo indicadores como esperanza de vida e índice de esperanza al nacer; conocimiento, calculado con las tasas de alfabetización en adultos, tasa bruta de matriculación y un índice de educación; y un nivel de vida digno, calculado con el PIB per cápita bajo la figura de la Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) medida por dólares.[37]

Como vemos, junto al desarrollo sustentable, que se aplica como una figura normativa que limita al crecimiento económico a los márgenes de renovación de los ciclos naturales, el desarrollo humano pone otros límites al crecimiento, proponiendo el énfasis no solo en el crecimiento económico sino en los beneficios que este debe traer: para hablar de desarrollo humano es necesario que el crecimiento esté acompañado del beneficio para todos, y no como un fin último, como en la teoría modernizadora.

En consecuencia, y siguiendo una línea lógica en la argumentación, es necesario hablar de desarrollo ceñido a un territorio específico. El desarrollo territorial funge como una normatividad que, en consonancia con el desarrollo local, endógeno y de abajo hacia arriba, tiene como característica principal la relación localidad – desarrollo.[38] Es verdad que en términos de desarrollo endógeno, por ejemplo, también es posible hablar desde la perspectiva del Estado-Nación, entendiendo lo endógeno como lo doméstico y lo exógeno como lo internacional, no obstante, la noción que proponemos es aquella que somete a juicios específicos las políticas generales del estado, que promueve una relación dialógica entre las entidades políticas relacionadas cultural y económicamente con un territorio determinado y las políticas estatales dedicadas al crecimiento económico. La importancia de dicho planteamiento radica sobre todo en la relación que requiere entre el poder del Estado nacional y las unidades políticas ya referidas.[39]

Esta relación sociedad – Estado lleva a definir el desarrollo bajo los límites de las necesidades explícitas de los actores sociales específicos. El crecimiento, en todo caso, tendría que dejar de pensarse bajo modelos abstractos y fuera del espacio mismo de la vida, limitándose a la sazón de los intereses definidos políticamente por los grupos relacionados con sus territorios.

Finalmente podemos decir que estas tres grandes corrientes del desarrollo tienen en común el factor crecimiento económico. Si bien hemos visto que para la teoría de la modernización crecimiento económico se equiparaba a desarrollo, para el desarrollo sustentable y humano tenemos que tener en cuenta los límites impuestos por la propia naturaleza y su capacidad de regenerarse, de igual manera, es necesario establecer una relación entre el factor de crecimiento con las capacidades y libertades que éste debería traer consigo para los individuos. Junto a todo esto, el desarrollo territorial nos obliga a pensar la relación abajo-arriba, donde abajo se encontrarían las comunidades o grupos políticos relacionados con un espacio geográfico específico y arriba el Estado, teniendo ahora que pensar el crecimiento no solo bajo los supuestos de políticas económicas abstractas, sino con el diálogo entre habitantes y gobierno.

En todo caso, el concepto de desarrollo indica una superposición de la expectativa sobre la experiencia, una regulación del espacio de experiencia por su horizonte de expectativa. Esto último porque posturas como las de Wallerstein, para quien el crecimiento económico que ocurre en el sistema mundo moderno necesariamente tiende a ser desigual y regulado por la relación desarrollo/subdesarrollo, esas metas y horizontes son, en el mejor de los casos, imposibles y, en sentido práctico-político, tretas para mantener sojuzgadas zonas periféricas.[40]. Los pensadores del posdesarrollo toman esta relación y la convierten en una crítica que opera en el entramado mismo de las experiencias y las expectativas. Si la relación desarrollo/subdesarrollo es, entre otras cosas, una relación de lo atemporal (el sub desarrollo será, algún día, desarrollo), la propuesta posdesarrollista intenta crear un mundo regido por la conciencia de una “simultaneidad de lo no simultáneo.”

Pero una visión posdesarrollista del desarrollo sin duda sería tan profundamente crítica como políticamente normativa. Para Arturo Escobar, por ejemplo, el desarrollo se convierte en un concepto fundamental en la experiencia política del mundo (no solo occidental), a partir de la enunciación de su contrario: el subdesarrollo.[41] Por lo que vemos, para el pensador latinoamericano el desarrollo solo puede pensarse como concepto contrario asimétrico.[42] De tal suerte que (sub)desarrollo solo pueda expresar su realidad bajo el dominio de una “dialéctica negativa.”[43] Escobar argumenta que el periodo de consolidación del discurso del desarrollo se dio entre 1945 y 1955 a través de tres ejes fundamentales: las formas de conocimiento al que el desarrollo se refiere, el sistema de poder que regula su práctica y las formas de subjetividad fomentadas por este discurso.[44] Lo fundamental del concepto de desarrollo, y por eso es pertinente su análisis desde la histórica, es que registra tantas experiencias como dilata expectativas.

Lo curioso del posdesarrollo es que no es un concepto utópico a la sazón del pensamiento moderno: no es ni un lugar ni un futuro, no es una normatividad esencializada ni un camino único e infranqueable. [45] La idea del posdesarrollo, o la deconstrucción del desarrollo, llevó a los posestructuralistas a plantearse una “era del posdesarrollo,” pero esta “era,” a diferencia de otros enfoques, no se comprende como un periodo histórico determinado al cual sus proponentes piensan que hemos llegado o que está a nuestro alcance. La postura del posdesarrollo nace desde 4 grandes referencias: 1) Se considera la posibilidad de crear diferentes discursos y representaciones que no se encuentren tan mediados por la construcción del desarrollo; 2) La necesidad de cambiar las prácticas de saber y hacer y la “economía política de la verdad” que define al régimen del desarrollo; 3) La necesidad de multiplicar centros y agentes de producción de conocimientos –particularmente, hacer visibles las formas de conocimiento producidas por aquéllos quienes supuestamente son los “objetos” del desarrollo para que puedan transformarse en sujetos y agentes y, 4) dos maneras especialmente útiles de lograrlo son: primero, enfocarse en las adaptaciones, subversiones y resistencias que localmente la gente efectúa en relación con las intervenciones del desarrollo; y, segundo, destacar las estrategias alternas producidas por movimientos sociales al encontrarse con proyectos de desarrollo.[46]

Por otro lado, el posdesarrollo es una postura profundamente crítica con la modernidad. Esta crítica es impulsada por el llamado pensamiento decolonial, el cual defiende la idea de una modernidad como colonialidad, es decir: este proceso de modernización[47] no incluyó solamente a Europa: la modernización, según Boaventura de Souza, no es un proceso espontáneo, inmanente a la Europa de siglo XVI, más bien es el transcurso de relaciones asimétrica que produce una realidad abismal entre un “ser” y un “no-ser.” Esta diferencia sustancial, Souza Santos la denomina como diferencia ontológica, y deviene en una cualidad normativa condicionada por espacios de diferencia geográficos. Estos espacios separados por la “línea abismal” corresponden a una “cartografía abismal,” Esta cartografía expresa geográficamente las diferencias de ser entre metrópoli (regulación/emancipación) y colonia (violencia/apropiación).[48]

Esta diferencia abismal no solo existe físicamente, pues, al igual que para Tocqueville la historia se podía “encontrar” en América, los tiempos del desarrollo son los de una línea infranqueable, una dimensión inevitable entre lo antiguo y lo moderno; por ello la propuesta del pensador portugués “Es una de las críticas más incisivas a la filosofía moderna del ‘progreso.’”[49] Según esta perspectiva la racionalidad moderna occidental se caracteriza por dos manifestaciones: por un lado una racionalidad metonímica, figura tomada del estudio literario y que significa tomar una parte por el todo, en términos epistemológicos sugiere una lógica que parte de un presupuesto particular (eurocentrismo) para elevarlo a condición total o universal; por otro lado, la razón proléptica, cuya inspiración procede también de la literatura y se refiere a una figura literaria en la cual el narrador conoce el fin de la historia que está contando, refiriéndose en el plano de la racionalidad a una conciencia temporal que establece un solo devenir para la historia. Las respuestas a estas características “abismales” del pensamiento eurocentrista son: una “sociología de las ausencias,” la cual tiene por objetivo recuperar las experiencias perdidas a la sazón del olvido que provoca una racionalidad metonímica; en relación a la racionalidad proléptica Souza Santos incorpora la “sociología de las emergencias,” que trata de construir posibilidades políticas a futuro con un minucioso análisis entre las experiencias que preceden y las expectativas que provocan.[50]

La conciencia con que la postura decolonial invita a la deconstrucción del desarrollo es, ante todo, una conciencia de carácter histórico. Las posibilidades abiertas por la crítica al desarrollo desde una postura posdesarrollista invitan a los historiadores a pensar si, de algún modo aún difícil de discernir, nos encontramos en alguna especie de tránsito de época aún inmune a la nominación periodizada. Lo interesante es que, si Koselleck y toda la escuela conceptual que devino con él tanto en el mundo germánico como hispánico aceptan como síntoma de época el surgimiento de los neologismo con prefijo –ismo, ¿no podrían tratarse de manera similar, desde una historia conceptual de tiempo presente, los conceptos que desde la década de 1970 aparecieron con el prefijo pos? Si el sufijo –ismo era expresión de un tiempo histórico dotado de expectativa y falto de experiencia, ¿el sufijo pos no expresará la inversión de la fórmula, es decir, “más experiencia, menos expectativa?

Conclusiones

Tanto la historia conceptual como la historia de tiempo presente son corrientes historiográficas que han construido sus propios derroteros teóricos desde hace décadas y bajo contextos sumamente diferentes. No obstante, establecer un puente de unión entre estas resulta una posibilidad más que pertinente al día de hoy. La inmanente vena crítica y comprometida con los problemas que nos acogen que caracterizó a la historia del tiempo presente desde los inicios de esta, puede ser enriquecida por las complejas aportaciones teóricas de una historia conceptual alemana que, a pesar de no ser explícitamente crítica con el devenir político de nuestras sociedades, implícitamente se ha posicionado como una de las propuestas más completas y pertinentes para los estudios históricos enfocados al campo de la política y los lenguajes.

El concepto de desarrollo implica una conciencia del tiempo relacionada directamente con los presupuestos de temporalidad de una modernidad tardía estudiada por Koselleck, delimitada bajo el concepto de Sattelzeit y en fechada entre 1750 y 1850. El mundo al que la Segunda Guerra Mundial abrió paso fue, sin lugar a dudas, el mundo del desarrollo. Las implicaciones políticas y sociales de este concepto son, hasta el día de hoy, fundamentales para comprender el asidero de posibilidades para la experiencia política al que podemos acceder. Por otro lado, en un periodo en el cual las expectativas de los procesos de modernización y de desarrollo se vieron truncadas por las experiencias que estos dejaron atrás, comenzaron a aparecer diferentes propuestas de superación de estas contradicciones. Entre estos presupuestos se encuentra la postura posdesarrollista la cual, en el fondo de su crítica y en el seno de su propuesta política, se encuentra de manera clara esta relación entre experiencias y expectativas.

Esta idea, al ser a penas una pequeña aproximación para una propuesta teórica madura, tiene por base una historia conceptual de corte alemana, y sin duda resulta fundamental emprender un debate frente a una historia conceptual británica, sobre todo por el peso que esta le da al estrato sincrónico. Estas discusiones no pudieron estar presentes en este trabajo por razones de espacio y, expresado ello, podríamos considerarlas para próximos trabajos.


[1] La expresión “historia contemporánea” puede rastrearse hasta mediados del siglo XVIII, periodo en el que delimitaba un ejercicio historiográfico opuesto al de “historia moderna” y “se haría cargo del tiempo de la última generación o de este siglo”. Reinhart Koselleck, Futuro Pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, trad., ed. Norberto Smilg (Barcelona: Ediciones Paidos, 1993) 305.

[2] Julio Aróstegui, reseña de La historia vivida. Sobre la historia del presente,
por Eduardo González Calleja, Historia contemporánea, 30 (2005), 327 (327 – 353).

[3] Más adelante abordaremos las categorías de espacio de experiencia y horizonte de expectativa.

[4] François Hartog, Regímenes de historicidad, trad., ed. Norma Durán y Pablo Avilés (México, D. F.: Universidad Iberoamericana, 2007).

[5] Koselleck, Los estratos, 117.

[6] Koselleck, Futuro Pasado, 289 – 297.

[7] No hace falta demasiada experiencia en el campo de la composición y la investigación histórica para advertir el papel condicionante que tienen las periodizaciones nacionales en los archivos históricos de México, por ejemplo; pero si se quiere ahondar en el impacto que tienen estas periodizaciones predispuestas del archivo histórico en el  trabajo historiográfico y reflexionar sobre las posibilidades de transgresión véase: Ricardo Nava Murcia, Deconstruir el archivo. La historia, la huella, la ceniza (México, D. F.: Universidad Iberoamericana, 2015).

[8] El concepto de “operación historiográfica” es tomado de Michel de Certeau. Lo interesante de esta noción, para efectos de este trabajo, es el papel que juegan las instituciones  científicas para regular el conocimiento histórico. Para De Certeau, el sujeto individual se ve limitad, sin excepción, por los límites propios de una práctica cienítifica determinada por la institución, en este caso, historiográfica. Michel de Certeau, La escritura de la historia, trad., ed., Jorge López Moctezuma (México, D. F.: Universidad Iberoamericana, 2010) 67 – 118.

[9] François Bédarida, “Definición, método y práctica de la Historia de Tiempo Presente,” en Cuadernos de Historia Contemporánea, no. 20 (1998), https://revistas.ucm.es/index.php/CHCO/article/download/CHCO9898110019A/7004 [consulta 10 junio 2019] 19.

[10] De Ceteau, La escritura, 104 – 108. El  también historiador y teórico de la historia francés, Henri Marrou, define este fenómeno bajo un concepto diferente. Él llama “regla del epílogo” a la necesidad intrínseca de la propia ciencia histórica por configurar sentidos prestos a fines.

[11] Bédarida, Definición, método y práctica, 23 – 24.

[12] Sara Pérez Plaza, propone que una de las causas de que el actual debate historiográfico se ecnuentre en una especie de periodo de umbral, es justamente la caída del paradigma galileano en la historiografía, el cual “suponía que el mundo social se podía conocer objetivamente a través de la cuantificación y de las leyes rectoras del mundo, también ha entrado en crisis. La pérdida de vigencia de estos paradigmas epistemológicos ampliamente compartidos durante tiempo ha tenido como consecuencia el advenimiento de un momento de incertidumbres. Sara Pérez Plaza, “El pasado presente: reflexiones sobre el actual contexto historiográfico,” Historiografías, no. 13 (2017), https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/6094977.pdf [consulta 10 junio 2019] 109 – 127.

[13] Esta metodología histórica, al estar intrínsecamente relacionada con una perspectiva inmediatista de la historia, tiende a ser criticada por detractores que utilizan argumentos similares que los críticos de la historia de tiempo presente, tales como la poca fiabilidad de la memoria de los sujetos entrevistados y la supuesta imposibilidad de construir conocimientos históricos objetivos desde la memoria de los sujetos. David Mariezkurrena Iturmendi, “La historia oral como método de investigación histórica,” Gerónimo de Uztaris, no. 23 (2008), https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3264024 [consulta 10 junio 2019] 227 – 233.

[14] Este estrato semántico presente en la historia desde la segunda mitad del siglo XVII resulta de noción de historia como “singular colectivo”, y obedece a las discusiones que los historiadores ilustrados

[15] Esta es la advertencia que hace Kant en el siglo XVII: “¿Cómo es posible la historia a priori? Respuesta: cuando el advino efectúa y organiza los acontecimientos que ha anunciado por adelantado.” Koselleck, Futuro Pasado, 62.

[16] Reinhart Koselleck, Sentido y repetición en la historia, trad., ed., Tadeo Lima (Buenos Aires: Hydra, 2013) 129.

[17]Si se busca una exposición completa de los estratos de significación del concepto de historia en Alemania véase: Reinhart Koselleck, historia/Historia, trad., ed., Antonio Gómez Ramos (Madrid: Editorial Trotta, 2010). Una versión resumida y más concreta de este estudio se encuentra en: “Historia magistra vitae,” en Koselleck, Futuro Pasado, 41 – 66. Para una perspectiva epistemológica y metodológica del propio autor sobre el tema: “Historia de los conceptos y conceptos de historia,” en Reinhart Koselleck, Historias de conceptos. Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social, trad., ed., Luis Fernández Torres (Madrid: Editorial Trotta, 2012)  27 – 43.

[18] Koselleck, Sentido y repetición, 133. De hecho Koselleck utiliza un concepto específico para esta crítica: los estratos del tiempo.

[19] Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes. “Historia conceptual, memoria e identidad (I).  Entrevista a Reinhart Koselleck,” Revista Libros, no. 111 (2006) https://www.revistadelibros.com/articulo_imprimible_pdf.php?art=2795&t=articulos [consulta 10 junio 2019].

[20] La idea de la diacronía/sincronía no debe pensarse nunca bajo un supuesto cronológico lineal, pues las diferencias entre una “realidad histórica” y lo que se dice de esa realidad constituyen la justificación epistemológica del esfuerzo que Koselleck ha llevado a cabo reflexionando sobre un método histórico-conceptual relativamente independiente de lo que él llama historia social. “Historia social e historia conceptual,” en Koselleck, Futuro Pasado, 105 – 126. Por otro lado, a través de la “abstracción sincrónica” se concibe la relación entre lo que se dice y el efecto que esto tiene en lo que se hace, mientras que el “análisis diacrónico” remite a un estudio de la transformación semántica de los conceptos. Marcela Uribe Pérez, “Tiempo histórico y representación en la histórica de Reinhart Koselleck,” Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, no. 1 (2016) https://revistas.unal.edu.co/index.php/achsc/article/view/55074/54528 [consulta 10 junio de 2019] 367.

[21] Luis Arturo Torres Rojo, “De la historia de las ideas a la historia conceptual: hacia una hermenéutica historiográfica posgaosiana,” Nómadas, no. 16 (2002) https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=105117941010 [consulta 10 junio 2019] 115 – 116.

[22] Koselleck, Futuro pasado, 333 -337.

[23] Koselleck, Los estratos, 49 –  57.

[24] “La maldición fáustica de la parsimonia, la disolución de los vínculos entre el tiempo y el espacio -dimensiones que Koselleck pretende anudar, o re-anudar, con la metáfora geológica~, la subyugación de la prisa, son resumidas en un neologismo, coyunda de velocidad y Lucifer: velociferino. Lucifer seduce a la impaciencia con la cultura de lo veloz como elixir de la vida joven y plena. El apresuramiento moderno se ha olvidado de declinar en pretérito y se ensaña con lo transmitido despacio” Faustino Oncina Covs, “Historia conceptual, Histórica y modernidad velociferina: diagnóstico y pronóstico de Reinhart Koselleck,” ISEGORÍA, no. 29 (2003) http://isegoria.revistas.csic.es/index.php/isegoria/article/viewFile/500/500 [consulta 10 junio 2019] 230.

[25] Koselleck, Los estratos, 57 – 82.

[26] Giovanni Reyes, “Teorías del desarrollo económico y social: articulación con planteamiento de desarrollo humano,” Tendencias 10, no. 1 (2009) https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3642035 [consulta 10 junio 2019] 118 – 119.

[27] Marcel Varcárcel, Génesis y evolución del concepto de desarrollo y enfoques sobre el desarrollo (Lima: PUCP, CISEPA, 2006).

[28] Richard Peet y Elaine Hartwick, Theories of development. Contentions, arguments, alternatives (USA: The Guilford Press, 2015). 110 – 144.

[29] Ibídem.

[30] Varcárcel, Génesis y evolución, 8 – 9.

[31] El concepto de desarrollo sustentable es una respuesta a los problemas ecológicos y de producción que surgen a raíz del debate ambientalista, el cual se presenta entre tres grandes corrientes: 1) La corriente ecologista conservacionista o sustentabilidad fuerte, que tiene sus raíces en la conservación aristocrática del siglo XIX, y en las ideas ecocentristas de Leopold (1949) de promover una “estética de la conservación” y una “ética de la Tierra” o “bioética”. Se vinculó desde los años 60´s con la idea del crecimiento “0”. 2) El ambientalismo moderado o sustentabilidad débil, que es antropocéntrico y desarrollista, pero acepta la existencia de ciertos límites que impone la naturaleza a la economía, lo que la separa del optimismo tecnocrático expresado por la economía neoclásica tradicional. 3) La corriente humanista crítica, contrapuesta a las anteriores y se sustenta en la idea tercermundista del ecodesarrollo, y se radicaliza en sus dos vertientes: anarquista y marxista. Naina Pierri, “Historia del concepto de desarrollo sustentable,” en ¿Sustentabilidad? Desacuerdos sobre el desarrollo sustentable, ed. Guillermo Foladori y Naína Pierri (Miguel Ángel Porrua, UAZ, Cámara de Diputados LIX Legislatura: México, D. F., 2005) 27 – 82.

[32] Norbis Mujica Chirinos y Sorayda Rincón González, “El concepto de desarrollo: posiciones teóricas más relevantes,” en Revista Venezolana de Gerencia, no. 16 (2010), http://www.redalyc.org/pdf/290/29015906007.pdf [consulta 10 junio 2019] 294-320.

[33] Ibíd., 309.

[34] Victor Tetreault, Darcy, “En torno al medio ambiente: una revisión de cuatro debates,” en Espiral. Estudios sobre Estado y sociedad, no. 14 (2008), http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-05652008000300002 [consulta 10 junio 2019] 41 – 72.

[35] Organización de las Naciones Unidas. “Informe sobre desarrollo humano 2016,” http://hdr.undp.org/sites/default/files/HDR2016_SP_Overview_Web.pdf [consulta 10 junio 2019].

[36] Varcárcel, Génesis y evolución, 24 – 26..

[37] Organización de las Naciones Unidas, Informe sobre desarrollo humano 2016.

[38] Diputación de Barcelona, “Evolución del  desarrollo territorial. Situación actual, crisis y perspectivas” https://www1.diba.cat/uliep/pdf/54057.pdf [consulta 10 junio 2019].

[39] Antonio Vázquez Barquero, “Desarrollo endógeno. Teorías y políticas de desarrollo territorial,” en Investigaciones regionales, no. 11 (2007), http://www.redalyc.org/pdf/289/28901109.pdf [consulta 10 junio 2019] 183 – 215.

[40] Wallerstein, Immanuel “¿Y qué vendrá después del Desarrollismo y la Globalización?, Polis 5, no. 13 (2004), http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=30551311 [consulta 10 junio 2019].

[41] “En su discurso de posesión como presidente de Estados Unidos el 20 de enero de 1949, Harry Truman anunció al mundo entero su concepto de “trato justo”. Un componente esencial del concepto era su llamado a Estados Unidos y al mundo para resolver los problemas de las “áreas subdesarrolladas” del globo.” Arturo Escobar, La invención del tercer mundo. Construcción y deconstrucción del subdesarrollo (Caracas: Fundación Editorial el Perro y la Rana, 2007) 19.

[42]“Sobre la semántica histórico-política de los conceptos contrarios asimétricos,” en Koselleck, Futuro pasado, 205 – 250.

[43] Tomo esta expresión de Alain Badiou, El cine como acontecimiento (México, D. F.: Universidad Iberoamericana, 2014) 101- 114. Badiou reflexiona acerca de las posibilidades de pensar políticamente sin establecer nombres propios en una relación negativa con otros. Al ser una reflexión centrada en la transición del conflicto entre EUA y la URSS me parece una expresión pertinente, sobre todo por su actualidad y su sincronía.

[44] Escobar, La invención del tercer mundo, 30.

[45] Una de las imágenes que, a mi entender, mejor expresan la figura de la utopía moderna es la del personaje de Tocqueville en las Soledades americanas: en la época en que escribiría Alexis de Tocqueville, en Estado Unidos no sería propiamente la «ciencia» la que figuraría un horizonte idílico al proceder del hombre común, sino una esperanza, una idea: la frontera. Para Tocqueville, habrá dos américas: la de los indios, esos seres derrotados que, conforme se va acercando a la frontera los irá encontrando más vigorosos, menos «contaminados»; y el hombre europeo, ese hombre ganador, ese que trae consigo los males occidentales. La visión de Tocqueville es ciertamente una visión redentora, pues ve en la civilización moderna esta contradicción, empero ve esta contradicción inherente al proceso progresivo de la civilización misma. Sus expectativas para América son de índole investigativa: Tocqueville creía que iba a encontrar una inmensa variedad de tiempos de la cultura, es decir, quería encontrar en América, la demostración final del desarrollo histórico como supuesto singular-universal: la misma historia de la humanidad. Lo que encuentra es una figura más o menos homogénea, algo que él llamó «la cultura del emprendedor». En la frontera aparecerá un hombre muy peculiar: el pionero. Esta frontera será el límite del sueño: más allá está el progreso, la utopía aquí es progresista. Alexis de Tocqueville, Quince días en las soledades americanas (México, D. F.: Aldús-CONACULTA, 2008). 13-78.

[46] Arturo Escobar, “El ‘postdesarrollo’ como concepto y práctica social,” en Políticas de economía, ambiente y sociedad en tiempos de globalización, ed., Daniel Mato (Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad Central de Venezuela: Caracas, 2005) 17-31.

[47] En este caso considero que la expresión “modernización” expresa fielmente la idea que Souza Santos construye allende a la idea modernidad/colonialidad, pues en esta explicación aún domina, como diría Guillermo Zermeño en razón de las confusiones que puede provocar para la historia conceptual modernidad/modernización, “una concepción instrumental de la modernidad”. Guillermo Zermeño, “Historia, experiencia Y modernidad en Iberoamérica, 1750-1850,” en Diccionario político y social del mundo iberoamericano. La era de las revoluciones, 1750-1850, ed., Javier Fernández Sebastián (Fundación Carolina, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales: Madrid, 2009) 554.

[48] Boaventura de Souza Santos, Para descolonizar Occidente. Más allá del pensamiento abismal (Buenos aires: CLACSO, 2010) 12  – 20.

[49] Juan Josñe Tamayo, “Boaventura de Sousa Santos: Hacia una sociología de las ausencias y las emergencias,” en: Utopía y Praxis Latinoamericana 16, no. 54 (2011) http://www.redalyc.org/pdf/279/27920007004.pdf [consulta 10 junio 2019] 45.

[50] Boaventura de Souza Santos, Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (Buenos Aires: CLACSO, 2006) 13 – 41.


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