Esbozo de un incendio: de la historiografía y la teoría de la historia como campo de acción política

Por Sergio Reynaga

Esbozo de un incendio, primer movimiento

Otra dulce introducción al caos, la historia como campo de acción política

Tal ha sido la historia del pueblo trabajador en todos los países, en el mundo entero. Una historia desesperanzada, odiosa, horrible, capaz de llevar a la angustia a cualquiera que busque justicia humana. (…) Tales lecciones no pueden olvidarse fácilmente. Pagando costosamente cada nueva fe, cada nueva esperanza o cada nuevo error, las masas del pueblo alcanzan la razón por la vía de las estupideces históricas.

-Mijail Bakunin

Compañeros de historia, tomando en cuenta lo implacable que debe ser la verdad, quisiera preguntar. Me urge. ¿Qué debiera decir, que fronteras debo respetar?, si alguien roba comida y después da la vida ¿qué hacer?, ¿hasta dónde debemos practicar las verdades?, ¿hasta donde sabemos?, que escriban, pues, la historia, su historia los hombres del playa girón.

-Silvio Rodríguez

Habría que asumir un primer riesgo en calidad de chispa inicial, que es el de oponer a la verdad universal-absoluta, y al conocimiento objetivo de la historia, una composición a contrapelo y discontinua. La idea de una línea única en progresión, supone de alguna manera un campo a dinamitar desde un desplazamiento en actualización, que no cancele la posibilidad de apropiarnos del conocimiento histórico, desde y para las exigencias que el presente nos pone a manos llenas. La empresa universal y la mercantilización del conocimiento, obedecen a necesidades propias del poder, como resultante de las relaciones a micro-escala que reproducimos y proyectamos como condición hegemónica, por lo que no son sino la descomposición legal de los medios, que en un primer suspiro, obedecían a la Ilustración, a la apuesta por el conocimiento, sin embargo, la construcción de una propuesta crítica dentro de los marcos que facilita la dominación, conservará en su génesis, los furúnculos de su antítesis, la necropsia entonces es inevitable, pues…

En efecto: la heterogonía de los fines es una determinación temporal que no puede ser superada por utopía alguna. Ocurre más bien que precisamente las metas que se haya fijado una ilustración se malogran si la dialéctica de un proceso  político no puede captarlas en forma de pronóstico. Dicho en otros términos: la dialéctica no sólo surge por sí misma, sino más aún de la situación histórica en la que se desarrolla. Toda Ilustración desemboca antes o después en situaciones de conflicto, cuyo análisis racional exige una transformación de la mera crítica en conductas políticas. [1]

En este sentido toda situación histórica es susceptible al cambio, a la transformación desde las propias conductas que potencian las relaciones de poder desde una micro hasta una macro-escala. Esta transformación, coloca al historiador en la ampliación de su espectro de acción, esto significa que lejos de exhumar el cadáver del pasado para servir al príncipe o al anticuario, este confronta a las historias a medida que se plantea incendiar el continuum, la maldita medida del castigo y la repetición, la esterilización del conocimiento como un campo de acción social y por lo tanto un campo político:

El historiador hace “política” con el pasado. El historiador atraviesa desde su propia subjetividad la condición efectivamente existente del pasado, no para volver al pasado una pieza subjetiva, una pura recreación ideal, un juego de la imaginación que es apenas ludismo sin intenciones. El concepto de apropiación del pasado en Benjamín supone también respetar la materialidad que guarda esa época a la que se cita, lo que podría denominarse “la verdad de lo acontecido”; pero sabiendo que no hay relación con el pasado que no implique un gesto constructivo que el propio presente realiza en su viaje hacia los tiempos pretéritos. [2]

Ahora bien, este campo político y su ampliación, exige desnudar al poder que se esconde en una relación parasitaría con el quehacer histórico, en la legitimación de sus artes como un aparato despegado de un cuerpo social determinado, que a su vez, constituye una posición abstracta respecto a la realidad, conduciendo al conocimiento a la petrificación, es decir, a la cancelación de sus nociones prácticas como una condición de carácter vital. La Historia como institución académica, más aún, como soporte de la verdad que superpone a la génesis del príncipe sobre los flujos del desplazamiento temporal de los vencidos, se opone contundentemente a la realización de un conocimiento abierto a la actualización, se reconoce absoluta, inamovible, lejos de la trasformación y el incendio. Por lo tanto se coloca en la reacción, en una despolitización tal, que supone un eje crítico posible solo en la simulación, no es sino la acumulación de datos ordenados para el relato, el relato de la significación del orden dado, desde y al servicio de figuras externas a la propia composición del presente, que es también historia y horizonte de posibilidad. A propósito Michel De Certeau nos dice:

El “hacer historia” se apoya en un poder político que crea un lugar propio (ciudad, nación, etcétera) donde un querer puede y debe escribir (construir) un sistema (una razón que organiza prácticas). (…) Por una parte el poder debe legitimarse, otorgar a la fuerza que lo vuelve efectivo una autoridad que lo haga creíble. (…)  este tipo de discurso “autoriza” a la fuerza que ejerce el poder; la provee de una genealogía familiar, política o moral; acredita la “utilidad” presente del príncipe transformándola en “valores” que organizan la representación del pasado. (…) No se contenta con justificar históricamente al principie ofreciéndole un blasón genealógico. Se trata más bien de un técnico de la administración política que nos da una “lección”.[3]

Dichos estratagemas, cumplen una función fundamental para el establecimiento de la dominación, cuyo fin último es la desvinculación del conocimiento y el sujeto histórico. Esta desarticulación niega la posibilidad de la auto-creación individual y colectiva, cancela al estudio de la historia como una praxis relacional genuina, para colocarla en la contemplación del derrotero como verdad, una verdad insondable por la simple mirada del pueblo que surge en lo cotidiano, pues

Debido a esa ignorancia, esté no se concibe a sí mismo como una masa todopoderosa unida por lazos de solidaridad. Está desunido en la concepción de sí mismo tanto como está desunido en la vida, como resultado de las oprimentes circunstancias. Esa doble desunión es el origen principal de la impotencia cotidiana del pueblo. Debido a eso, entre las personas ignorantes o que poseen el más bajo nivel de educación o una experiencia colectiva e histórica escasa, todos, toda la comunidad, consideran los problemas y las opresiones que sufren como un fenómeno particular o personal y no como un fenómeno general que los afecta a todos en la misma medida y que, por consiguiente, debe unirlos en un destino compartido, en la resistencia o en el trabajo.[4]

Opongo a dicha condición, la posibilidad de re-establecer y potenciar las relaciones humanas con el conocimiento hacía una praxis emancipatoria, pero sobre todo comunitaria, dislocando las relaciones de poder, en el entendido que las instituciones son el resultante, y no el origen de las prácticas sociales interpersonales, por tanto, su función jerarquizada es sostenida a medida que reproducimos dichos patrones conductuales, así es como se hace posible significar al presente como situación histórica, expuesta al polvo y al virus, condenada entonces a ser derribada. Sumado a esto, el espectáculo de la historia épica y mitificada de los grandes bloques, debe desplomarse bajo los pliegues de su propio derrotero, donde no hay grandes nombres como fetiche o mártires, sino más bien siluetas en constelación, comunicadas entre sí, discontinuas, en confrontación con la filosofía burguesa del progreso, nodo nuclear de los excelsos desplantes de la historiografía oficial y la cancelación de un nuevo umbral de cambio, es a este mismo ritmo, en el que:

Para el materialista histórico es importante distinguir con el máximo rigor la construcción de una circunstancia histórica de aquello que normalmente se llama ´reconstrucción´. La ´reconstrucción´ en la empatía solo tiene una fase. La ´construcción presupone la destrucción. (…) Choque frontal contra el pasado mediante el presente. (…) La exposición materialista de la historia lleva al pasado a colocar al presente en una situación crítica. (…) La imagen dialéctica es el relámpago. Como una imagen que relampaguea en el ahora de la cognoscibilidad, así hay que captar firmemente lo que ha sido. (…) El momento destructivo o crítico de la historiografía materialista cobra validez cuando hace estallar la continuidad histórica, operación en la que antes que nada se constituye el objeto histórico. (…) El materialista histórico tiene que abandonar el componente épico de la historia. Arranca violentamente la época de la sólida ´continuidad de la historia´.[5]

Acudir al riesgo, a la crítica y la crisis, nos exige un acto vandálico: llevar la delincuencia al plano de las ideas, es decir, una actitud dadal, que pueda hacer de nuestra labor una actividad  peligrosa para la normalidad, de tal manera que en la confrontación el antagonismo se haga visible,  a medida que el fetiche y la patología de la nostalgia sean amputadas de un solo golpe a través del hacer, el decir y el pensar, hacía una vinculación gradual siempre en constante afinación, caminar el derrotero de la historia, acudiendo a los rostros apenas esbozados de la tradición de los vencidos, que se forman en una de las dos piezas de la bifurcación inicial del mundo occidental, las mismas que Michel Onfray opone como campos de acción en combate, figuras que bien pueden potenciar el ejercicio del dialogo y el arte de la pregunta socrática:

Desde Sócrates en el ágora de Atenas hasta los mercaderes liberales de la filosofía liberal, el filósofo ha cambiado a menudo sus vestimentas. Pero, a grandes rasgos, dos líneas de fuerza atraviesan este continente plural: una remite a los filósofos aficionados al poder; la otra, a quienes lo resisten. De un lado, la filiación que va desde Platón, consejero del príncipe, amigo de los tiranos, en cuyas mesas se sentaba a comer, hasta Sartre perorando bajo los revestimientos soviéticos o cubanos; del otro, la familia de Diógenes resistiendo, aprovechando su encuentro con Alejandro para dar cuenta de su desprecio hacia ese falso poder del emperador sobre el mundo, él, que no creía más que en un solo imperio verdadero: la potencia sobre sí mismo. Todavía hoy, el filósofo no evita estar aquí o allá. El término medio no es posible.[6]

Ninguna persona piensa, ni existe en aislado, se es al mismo tiempo, a medida que se implica, compositor y escucha de la historia. Negar esto es cancelar la condición vital del sujeto histórico, tanto en la partícula y la espora, como en el tejido de lo colectivo, pues no son medidas de tiempo desvinculadas las unas de las otras, sino acordes de una misma composición, y todo presente transcurrido es una situación revolucionaria contenida a la explosión, somos entonces la chispa de ese incendio que profesamos, a medida que nos atrevemos a transgredir el estado vegetal del conocimiento, empujándolo en nociones prácticas, hacía una ontología de lo que es, porque

En realidad no hay un instante que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria –sólo que ésta tiene que ser definida en su singularidad específica, esto es, como la oportunidad de una solución completamente nueva-. Al pensador revolucionario la oportunidad revolucionaria peculiar de cada instante histórico se le confirma a partir de una situación política dada. Pero se le confirma también, y no en menor medida, por la clave que dota a ese instante del poder para abrir un determinado recinto del pasado completamente clausurado hasta entonces.[7]

Para dar un salto, quiero compartir con el lector, o el escucha según el caso las palabras de Homero Avilés, en la dedicatoria que hizo para un ejemplar de su trabajo Un camino a la utopía desde Baja California Sur, que tuvo el detalle de obsequiarme en Junio del 2014:

Sergio: Esto de escribir la Historia resulta un ejercicio muy enriquecedor, pero esta labor se vuelve nada cuando la encerramos en cuatro paredes.

Con un buen de aprecio, salud y un abrazo.

Ahora bien, entiendo que volver nada la labor del historiador implica suspender el conocimiento en la contemplación, en un coqueteo teorético con apenas vida suficiente para morir en el mismo momento que inhala y exhala su primer y último canto mítico. La historia es movimiento, hasta aquí el primero de los dos que hoy ofrezco.

Centro cultural Ricardo Flores Magón, a 18 de octubre del 2016, 5:15AM

¡Fuego a la verdad histórica! ¿Cuánto tienen que gritar para que puedas oír? / Segundo movimiento

A dos años de la desaparición forzada, lágrimas que juntas hacen el océano

La ley siempre está oficialmente del lado de la propiedad, ella le da la razón al dueño de las tierras. Pero tú, en quien las ficciones jurídicas  aún no han matado el sentimiento de justicia ¿qué vas hacer? Le exigirás al campesino que se tire sobre la carretera sin un techo bajo el cual vivir –es la ley la que lo ordena- o bien, ¿le exigirás al propietario restituir al campesino toda la parte de la riqueza generada por la tierra que se debe al trabajo de éste? Es la Justicia quien te lo dicta. ¿De qué lado te pondrás? ¿De la ley, pero en contra de la justicia? O bien ¿de la justicia pero en contra de la ley?

                             -Piotr Kropotkin

El tiempo siempre implacable, no ha conseguido borrar a nuestros 43 de Ayotzinapa, a pesar de que se insiste en la pérdida de la memoria desde distintivas y numerosas ofertas: La indiferencia, la ridiculización, la criminalización y el tedio, por mencionar algunas. El 26 de septiembre de 2014, (la noche de Iguala, a la que hoy, le suceden dos años ya), quedó clavado en el desplazamiento histórico mundial, en las figuras vencidas que siempre retornan con fuerza, y que son además, el sentido del tiempo del ahora, una carga inicial de la significación de nuestro presente constante: la lucha por la dignidad y la justicia.

El primer ataque por parte de elementos de la policía se registra alrededor de las nueve y media de la noche. Tan sólo un día más tarde, pudimos ver la imagen del compañero Julio César Mondragón… Un rostro que esboza la mecánica de despersonalización y anulación con que opera el Estado en México, la cancelación de todo lo que somos, como partículas, esporas y comunidad.

Sin embargo, las imágenes se vengan: traspasan el presente y despiertan el recuerdo de las derrotas y de las victorias regaladas. Sin los símbolos, la opresión sólo llevaría el nombre del oprimido de turno, redoblando así su autodesprecio. Las batallas perdidas, que sólo han dejado atrás símbolos, todavía ayudan a los oprimidos: hubo un tiempo en que la dominación pudo ser combatida.[8]

Los nexos de José Luis Abarca con el crimen organizado, suponen uno de los nodos que sirven de soporte a las instituciones que administran el ordenamiento de la vida cotidiana de las comunidades, a lo largo y ancho del territorio mexicano. Los cuales no hacen sino develar, una de las bases más importantes para fundar el poder en el mundo del capital sobre la vida, el mundo de la mercancía sobre las personas, es decir la inexistente línea divisoria entre el discurso oficial de la legalidad y la inmoralidad del dinero. Los símbolos se tejen en constelaciones de formas discontinuas, así la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, juega un papel histórico en el derrotero de las luchas sociales, junto al 2 de octubre de 1968, y se aproximan lentamente  entre sí, mientras se aferran al recuerdo para hacer estallar el velo de la normalidad y las medidas del tiempo al servicio del príncipe, en la constitución de eso a lo que el poder ha llamado: la verdad histórica. Cuyo desplome inicia en sus primeras fases con la desaparición de Abarca. Parece urgente exhumar en la memoria, cargar de dignidad la intención de los compañeros, pues buscaban retrotraerse entre las voces de los estudiantes asesinados en Tlatelolco, su lucha aquella noche –como en muchas otras que aún no llegan- es contra el olvido, así pues:

Toda necesidad es una necesidad del pasado; nos resulta prácticamente imposible pensar otras cosas que aquellas que nos han sido legadas. Nuestras costumbres, por lo tanto, son las costumbres de los vencedores y de los vencidos; en ellas se repiten las luchas pretéritas. En este sentido, la eliminación definitiva de la dominación conllevaría el cambio de la historia entera, que entonces debería ser reescrita. Su necesidad sería la de la libertad. [9]

Por lo tanto tal descripción como categoría de verdad, impuesta sobre el caso Ayotzinapa, no resuelve sino la necesidad de las instituciones, necesidad que se superpone sobre el sufrimiento de forma violenta, toda vez que intenta negar la capacidad de las comunidades para tejer su propia historia, es decir, significarse a partir de la autocreación. El dos de octubre que al fin llega en 2014, viene acompañado de la toma del control de Iguala y otras zonas de Guerrero, por parte del gobierno federal y el ejército, poniendo a la comunidad en estado de sitio, que en lo aparente, se pretendía como una protección del orden y la seguridad. Sin embargo dos días transcurren para la aparición de un par fosas clandestinas con veintiocho cadáveres calcinados. Este suceso aunado al previo reconocimiento policial del ataque a los estudiantes, dispara la irrupción del sueño, la tranquilidad del gobernador de turno, Ángel Aguirre, bajo un telón en rojos ocres de cócteles molotov sobre su casa, acto seguido comprendemos a Walter Benjamín cuando nos dice que: El sujeto del conocimiento histórico es  la clase oprimida misma, cuando combate[10], de tal manera que  se coloca frente a la decadencia de la verdad, entre frases descompuestas, en otra grieta del discurso oficial correspondiente al 5 de octubre, cuando elementos policiacos confiesan la entrega de los compañeros al crimen organizado. ¡Fue el Estado!, el espectáculo de lo conmensurable comienza a desvanecerse en la invención de otra historia, desde abajo, advirtiendo que: si las demandas de verdad son también demandas de poder político, es, violencia, y si esta misma violencia no es otra cosa que “silenciamiento” del otro interlocutor por medio de un dialogo aparente, la verdad y la violencia se vuelven intercambiables[11]. ¿Entonces como condenar la invención de la justicia en los medios de la rabia que jamás encuentra un eco resuelto al dialogo, para garantizar como mínimo, la seguridad y el bienestar de la humanidad? Más aún ¿cómo negar la crisis, el incendio de la verdad histórica? Hacer estas preguntas, pienso, también es responderlas: ¡Fuego, fuego a la verdad por ley! ¡Haremos posible verlos regresar! Un movimiento después el 13 de octubre, las oficinas del gobierno de Guerrero son consumidas por las llamas desplazadas hasta el 29 del mes que aún transcurre bajo el manto del silenciamiento, hacía la reunión con Peña Nieto, quien parece no entender que con el sufrimiento no se negocia.

Las lágrimas logran formar el océano, una a una, dislocadas en su andar sin prisas, en picada sobre una maquina en oxido. A dos años de la desaparición forzada de nuestros compañeros, la comunidad internacional responde descarrilando el continuum y la normalidad,  haciendo imposible el olvido y por lo tanto la muerte misma, de tal manera que cada uno de nosotros es hoy, capaz de decir como Murillo Karam en noviembre del 2014: Ya me cansé, pues nos cansamos de esperar, y hacemos de la espera rabia, porque hay asientos vacíos y faltan voces en las aulas, porque el mundo entero, hoy como ayer, dice a los 43: Te estamos esperando en casa, andamos en la historia, seguro nos volveremos a encontrar las veces que sean necesarias, hasta que el mundo cambie o se detenga en los muelles de un reloj que jamás pudo encerrar cada latido de nuestros corazones: 

https://www.youtube.com/watch?v=YsaTzk7J4xk

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!

¡Acudimos a la lucha por dignidad y justicia!

¡Derramaremos el tiempo que sea necesario!

Desde algún lugar del Pedrebronx, a las orillas de La Paz, Baja California Sur.

27 de septiembre de 2016, 8:25AM

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[1] Reinhart Koselleck. (2007). Crítica y crisis. Madrid: Trotta/Universidad Autónoma de Madrid. p.21

[2] Ricardo Foster. (2012). Benjamin: una introducción. Buenos Aires: Editorial Quadrata. p.28

[3] Michel De Certeau. (2010). La escritura de la historia. México: Universidad Iberoamericana. Pp.20-21

[4] Mijail Bakunin. (2016). Tácticas revolucionarias. México: Revuelta epistémica. p.20

[5] Walter Benjamin,(2005). El libro de los pasajes. Madrid: Edición de Rolf Tiedemann. Pp.472-477

[6] Michel Onfray (2016) Manifiesto: por una Univiesidad popular: La comunidad filosófica. México. Revuelta epistémica. p.31

[7] Walter Benjamin. Tesis sobre la historia. México. Itaca. p.56

[8] Wolfgang Dressen. (1978). Antiautoritarismo y anarquismo. Barcelona: Anagrama. p.18

[9] Ibíd. Pp.19-20

[10] Walter Benjamin. (2008). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. México: Itaca. p. 48

[11] Gianni Vattimo y Santiago Zabala. (2012). Comunismo hermenéutico: de Heidegger a Marx. Barcelona: Herder. p.33

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